Cuento de Navidad 11

–Escúchame bien, pon atención-, mi padre conocía mi tendencia a aislarme y concentrarme en mis cosas, como decía el abuelo Pepe a volverme como un calcetín, -has sido seleccionado para ser ángel y recibir el tratamiento necesario para el cambio, para pasar de niño a ángel-.

Inmediatamente mi madre se giró y miró sorprendida a mi padre, pero siguió callada, seguramente ella tampoco estaba enterada de esa extraordinaria noticia. –Hemos tenido mucha suerte, continuó hablando mi padre, muy pocos niños son elegidos. A partir de ahora en lugar de volver al colegio irás a la Casa de los Ángeles, ya no tendrás que estar solo en casa y podrás jugar con muchos niños que también fueron elegidos para transustanciarse en ángeles-. Esa última palabra no la comprendí pero me sentí orgulloso de haber sido uno de los elegidos, también mi madre debía de estarlo porque advertí lágrimas en su cara, mientras susurraba: -¡Mi niño, mi niño…! Debía ser algo importante, incluso, muy importante, pensé.

Llegó la mañana de un día en el que mamá me dijo que por la tarde me llevarían a la Casa de los Ángeles, que habían recibido una carta para comenzar el “tratamiento”, palabra que a partir de ese momento se me hizo familiar, que no debía preocuparme que allí me encontraría con otros niños de mi edad y que ellos irían a verme todos los días. Nunca me había separado de mis padres y eso me preocupaba.

En la cama grande mi madre ordenó en grupos, camisetas, calzoncillos, calcetines y varios pijamas. Advertí que seleccionaba de toda la ropa la más nueva. Fue entonces cuando decidí ayudar reuniendo algunos de mis juguetes, aunque yo en lugar de coger los más nuevos elegiría los que más me gustaban: el coche gris que me trajeron los vecinos de su viaje a Hungría, al que le faltaba una rueda; el tiro al blanco de bolas de velcro que a veces me daban repelús; el futbolín que arrastré por el pasillo desde mi cuarto al de mi madre; la bolsa de tela con muchos y diferentes tacos de madera de colores con los que podía construir palacios y puentes, incluso aparcamientos para mis coches; la caja de cartón con láminas de preguntas y luces rojas y verdes que te indicaban si tu respuesta era la correcta; el enorme oso hormiguero, blando como un cojín, que acostaba todas las noches en mi cama a pesar de que su enorme trompa me hacía cosquillas; dos caballos, uno marrón y otro blanco, un “comboy” con lazo y dos indios que eran los únicos supervivientes de un fuerte con puertas y bandera americana que trajeron un año los reyes en casa de los abuelos; un cuento de una locomotora a vapor que movía las ruedas con una pestaña de papel; los tres vasos y las tres bolas rojas que desaparecían del juego de magia; el dron que casi nadie sabía volar; las bolas de vidrio; el parchís, con la caja de dados y fichas; dos de mis trompos, uno de madera y púa de acero que mi tío me trajo de Portugal y otro de plástico con luces que se encienden cuando gira; la balanza, la caja registradora con lector de tarjetas y los alimentos, en cajas y plástico, restos del enorme supermercado que mi madre regaló a mi primo porque ocupaba mucho sitio en casa; el piano electrónico que se toca por colores y graba las interpretaciones; el corre pasillos que llevo años usando; el extraño pajarraco que si obligas a que beba en un vaso de agua, continua doblándose y bebiendo solo, que me trajo no sé quién de no sé dónde…

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