Cuento de Navidad 11

Mientras mamá terminaba de llenar la maleta de la ropa, mis juguetes imprescindibles se fueron agolpando al lado de la cama formando una pequeña montaña. – ¡Ángel, hijo, no podemos llevarnos todo esto!, elige solo una cosa pequeña y papá y yo ya te compraremos juguetes nuevos cuando sepamos qué nos permiten llevar-. Qué difícil es elegir de entre todos uno, me quedé con el coche gris verdoso metálico al que faltaba una rueda pero que abría las puertas, si otros niños de la escuela tenían otros coches podríamos jugar a aparcarlos, me gustaba hacerlo rodar por el pasillo mientras hacía el ruido del motor con la boca o lo aparcaba pegado al rodapié, siempre me gustaron mucho los coches.

Todo el mundo sonreía y algunos hasta me acariciaban la cabeza, ¡con lo poco que me gusta eso! La Casa de los Ángeles era diferente de las otras casas, más grande, más blanca y con más gente. Mientras mi madre hablaba con los jefes de aquello me dejaron sentado en una silla al lado de una ventana por donde entraba el sol. Las piernas me colgaban de la silla y los pantalones cortos dejaban ver unas rodillas pequeñas que el sol se empeñaba en destacar. Casi ridículas, pensé, mientras las cubría con mis manos. Menos mal que pronto creceré y podré apoyar los pies en el suelo, llevaré pantalones largos y no tendré que saltar cada vez que me siento en una de estas sillas, o puede que tenga alas y una túnica blanca y pueda volar. Comencé a balancear las piernas, ¿qué otra cosa podía hacer mientras esperaba?

Desde hace algún tiempo todo el mundo me mira raro, me sonríen y me atienden en exceso, todos me observan, me gustaría volver a la época en la que apenas era nada, poco más que un estorbo en medio del pasillo, un niño que juega solo a la espera de una adolescencia aún lejana.

Desde aquel primer día han pasado ya muchos otros días. Han sucedido tantas cosas que contar que a veces tengo miedo de no tener memoria suficiente para retenerlas y entonces me pasará como al abuelo, que comenzaré a olvidarlas. Decía el abuelo que mientras él tenía solo pasado, yo solo tenía futuro y que el presente era lo que teníamos ambos en común, aquello que nos había permitido conocernos, ¡bendito presente!, decía. El abuelo Pepe es un sabio, ya os lo he dicho, a veces dice cosas que apenas comprendo como que habitamos en el espacio; pero vivimos, nos hacemos, nos deshacemos en el tiempo. Aunque ahora sé que los tiempos son diferentes, que hay días y días, y que algunos días duran un año y que hay instantes que equivalen a toda una vida. En muy poco tiempo he multiplicado mis recuerdos y mis conocimientos. Compartí habitación con otros tres niños, Rafael, Miguel y Gabriel, todos mayores que yo. Rafa es muy, muy mayor, tiene ya doce años, puede que sea por eso por lo que Miguel y Gabriel le llaman “Matusalén”. Los tres deben estar ya muy próximos a alcanzar la condición de ángeles, los tres han concluido el tratamiento y los tres están calvos. Gabriel dice que con sus rizos hicieron “cabellos de ángel”. Les miré a todos la espalda, sin que se dieran cuenta, y ninguno tiene alas, ni rastros de ellas, pero es posible que para eso tengan que alcanzar la etapa de crisálidas y vivir ocultos en un capullo, como mis gusanos de seda o las mariposas del jardín de los abuelos. Me da miedo estar encerrado sólo en una cápsula, aunque esté iluminada y como ocurre con la piel de las manzanas, aunque el sol las penetre y madure su interior. Todos me han advertido de las molestias del tratamiento, Rafa lo ha pasado ya dos veces, se conoce que a veces la transustanciación no hace efecto y tienen que repetirla. Miguel me ha advertido de los mareos, vómitos y dolores de tripa, él dice que es como si te envenenaran, pero ¿qué sabe él de eso si tan sólo tiene ocho años? Hay veces que me gustaría no ser ángel y no haber sido seleccionado, uno entre mil, pero mi madre está tan emocionada. Me gusta la seriedad e inteligencia de Miguel, tanto que he pensado que cuando me convierta en ángel volaré siempre junto a él por el cielo.

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