Cuento de Navidad 11

Rafa ya se ha ido, ya no está con nosotros. Una mañana corrieron la cortina blanca alrededor de su cama y al poco tiempo se lo llevaron. -Al cielo-, nos dijeron.

El mundo es algo extraño, la abuela Asunción dice que no está bien ordenado, que debería llover por las noches y hacer sol durante el día; ¡te imaginas cómo florecerían los campos si eso fuera cierto!, nunca estaría nublado y el sol calentaría la tierra húmeda de la noche, la hierba crecería en cualquier época del año, los árboles y los coches se mostrarían relucientes a primera hora de la mañana, tras las lluvias nocturnas. La atmósfera siempre estaría limpia y transparente y un velo de brillo y esplendor cubriría todos los paisajes, por la mañana las hojas de todas las plantas contendrían en sus cuencos pequeñas porciones de agua que refulgirían con los primeros rayos de sol, miles de pequeños espejos especularían la mañana como polvo de luz. Descubriríamos un mundo diferente, más bello, más justo.

La abuela María también piensa en estas posibles mejoras de la naturaleza, ella, tan preocupada por la vejez y por evitar “dar la lata” durante sus últimos años de vida ha proyectado una inversión del tiempo que afectaría de manera esencial a nuestras vidas. Afirma que deberíamos vivir la vida al revés, que sería mejor nacer viejos y poco a poco ir rejuveneciendo hasta llegar a des-nacer en brazos de nuestros padres. El abuelo Pepe cuando oye estas teorías familiares, que se desarrollan las tardes de invierno entorno al brasero, no puede evitar mascullar: -vosotras sí que tenéis la cabeza desordenada-. Esos son los mejores momentos, yo permanezco aparentemente absorto en mis juegos pero no me pierdo nada de cuanto se dice en la mesa de camilla. Me gusta cuando la abuela desarrolla su teoría y habla de levantarse todas las mañanas y mirarse al espejo para comprobar que ha desaparecido una nueva arruga, o cuando añora la felicidad física del bebé próximo a desaparecer en el seno materno. Porque la vida es simétrica, asegura, y deberíamos poder recorrerla en ambos sentidos, partir de la soledad del anciano hasta alcanzar la plenitud profesional, reunir a familiares y amigos en nuestro entorno en el momento trascendental de la despedida, felices e inconscientes. Ellas sí que son ángeles, ¡Dios, lo que hubiera cambiado el mundo si las hubieran dejado opinar antes de fabricarlo!

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