Cuento de Navidad 12

Desde mi llegada al moderno aeropuerto de Beijin, en el Lejano Oriente, y tras constatar la inmediatez cotidiana de una ciudad nueva y moderna, de trazado reticular, jardines y rascacielos, traté de vislumbrar tras su apariencia la magia literaria de los cuentos orientales que había leído de niño. Me encontraba preparado y predispuesto a maravillarme ante la sabiduría milenaria del viejo pueblo chino, a encontrar a un anciano decrépito que me ofreciera un dibujo del mundo, o me mostrara una llama encerrada en una piedra, o me vendiera una pócima para ver y sentir tras la muerte…, pero desafortunadamente nada de eso ocurrió en mis primeros días de estancia en un Oriente tan Extremo.

En aquellos primeros días apenas conseguí deducir tres rasgos distintivos del lugar y de sus habitantes.

Primero, y antes que nada, una verdad de Perogrullo: en China hay muchos chinos. ¡No!, no crean que lo digo por decir, no me refiero a que la mayoría de las personas con las que te cruzas son chinos, que también, sino a la existencia constante y continua, en todas las calles, plazas, jardines y monumentos, de una muchedumbre densa y compacta. En Pekín hay muchísimos chinos, tantos que desde que llegas al aeropuerto te ves obligado a hacer colas que ellos no respetan. El insólito turista occidental comprende de sólito, desde su llegada, que se encuentra en un país de más de 1300 millones de personas, todas chinas. Es probable que allí también haya lugares solitarios y deshabitados, pero, yo, no los conocí.

La segunda evidencia es su rudeza de trato. Desde que el visitante occidental llega a China será empujado, adelantado en las colas, observado con descaro, arrollado en las puertas de paso, ignorado en los ascensores, nunca saludado, y se asombrará al asistir a los sonoros escupitajos que los chinos lanzan en la calle. Todo ello sin escuchar nunca una excusa por tan bárbaro y palmario comportamiento. Al parecer la Revolución Cultural de Mao Zedong, y esto es una apreciación personal, en su patente distanciamiento del capitalismo occidental, una especie de caza de brujas del único partido posible, revocó todas las reglas de cortesía que pensaban no solo inútiles para el progreso material deseado sino síntoma innegable de pertenencia a una clase privilegiada. Pararse ante una puerta para dejar pasar a otro podría ser exponente de actitud “derechista” y conducir al autor de tal comportamiento a formar parte de una lista de “negros”, que era la denominación utilizada para delatar a los enemigos del Partido Comunista. La educación derivada de la Revolución fue tan pragmática que abolió las reglas sociales más comunes. Todo ello a pesar de dar muestras sus habitantes de pertenecer a un pueblo sensible, incluso tímido y amable en el trato personal. Estoy seguro que la actual descortesía generalizada es una secuela de los años sesenta y setenta del siglo pasado y no una condición innata del pueblo chino.

Pages: 1 2 3 4 5 6 7 8 9

Login

Contraseña perdida?