Cuento de Navidad 12

La tercera evidencia es algo más singular: los chinos no sudan. En agosto la humedad y el bochorno son tan elevados que tras estar media hora en la calle ya comienzas a advertir que tienes la camiseta mojada. Si tu jornada, obligada como turista estándar, ocupa toda la mañana, al llegar al hotel estarás empapado como si te hubieras caído a uno de los numerosos lagos de nenúfares gigantes que hay en Pekín. Camiseta, pantalones, calzoncillos, calcetines, zapatos, cartera, correa, pasaporte…, todo, absolutamente todo lo que lleves puesto estará mojado y tendrás que acostumbrarte a tener dos mudas, una puesta y otra secándose. Es por eso que sorprende, y da coraje, cruzarse con familias completas de chinos: padres, hijos y abuelos, absolutamente secos.

Beijing o Pekín, como ustedes quieran, es una ciudad tomada. Los ciudadanos se ven obligados a hacer continuamente colas larguísimas e inútiles ante controles policiales similares a los de los aeropuertos. En todas las estaciones de metro, en todos los accesos a los parques, en los museos y, hasta, en las calles y plazas más céntricas, encuentras un control militar. Espacios públicos acotados por suntuosas barandillas doradas de extremado mal gusto que encauzan a la muchedumbre de peatones hasta situarla en fila india delante de un arco de detección de metales, ¿cuántos miles de personas se dedican cada día a este menester? Junto a la cinta móvil donde debes poner el bolso, la mochila o cualquier otro bulto que transportes para ser escaneado y revisado se encuentra un joven uniformado que te solicita el pasaporte comprobando tu foto y el visado de entrada a China. En Beijing no se puede dejar el pasaporte en el hotel, lo que unido al sudor constante de tu cuerpo, imposible llevarlo en el bolsillo de la camisa, te obliga a llevar una carpeta, o una mochila, o llevarlo todo el tiempo en la mano. Me acordaba de los tiempos en los que en España se decía que había que llevar siempre el DNI en los dientes. Una mañana en la que decidí visitar el Museo Chino, que estaba apenas a mil metros de mi hotel, pasé consecutivamente tres controles policiales: Metro, Plaza de Tianamen y Museo. El resultado fue que desde la salida del hotel hasta el interior del museo pasaron más de tres horas y mi ropa estaba ya absolutamente mojada, lo que resolvió de forma poco saludable y en unos minutos el aire acondicionado extremo del Museo Chino.

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