Cuento de Navidad 12

Mientras pensaba en esto el metro circulaba a gran velocidad y atestado de chinos, en aquel viaje no había ningún turista occidental. Para mantener mi estabilidad compartía asas y barra superior con decenas de manos. Nuestro trayecto iba a ser largo, tendríamos que llegar a la estación de Xiyuan, en la línea cuatro. Afortunadamente el metro de Beijing es el mejor transporte público de la ciudad y uno de los mejores que conozco, bilingüe y occidentalizado en sus señalizaciones gráficas y auditivas, chino / inglés. Cualquiera que tenga una mínima experiencia en este tipo de transporte podrá utilizarlo con la ventaja de no requerir comunicarse con nadie. En Beijing los taxistas sólo conocen la escritura china, los “caracteres” chinos, por lo que si quieres indicarles alguna dirección deberás haber pedido previamente en la recepción del hotel que te la escriban en chino. Lo que obliga a planificar tus movimientos y llevar los bolsillos llenos de papelitos o tarjetas en las que previamente habrás escrito en sus anversos su traducción en “cristiano”. Recuerdo que un día tuve que vaciar mis bolsillos en una papelera de la calle porque no identificaba ninguna de las direcciones que llevaba.

En una de las estaciones se quedó libre un asiento y me apresuré a ocuparlo. Nada más sentarme sentí que alguien me miraba, busqué entre los cuerpos de los viajeros hasta dar con la sonrisa de un pequeño de unos cinco años que iba sentado a la izquierda, en los asientos de enfrente, junto a su madre, una china muy joven y guapa. En ese momento ya conocía el atractivo que los occidentales teníamos para los chinos, especialmente los niños. En una ocasión nos pararon en la acera de la avenida Chang-an, en las inmediaciones de la plaza de Tiananmen, para hacerse una foto con nosotros, como si fuéramos estrellas de la televisión. Aquel niño me pareció diferente y se comportaba como tantos otros con los que he jugado cruzando miradas, sonrisas y gestos, a escondidas de sus padres. Cuando lo miré fijamente él no desvió la mirada como solían hacer los chinos, siempre tímidos, a cambio me ofreció una amplia sonrisa. Enseguida tiré de repertorio y comencé a poner caras, que él repetía inmediatamente. Fue entonces cuando se me ocurrió poner cara de chino tirando para atrás de mis ojos. Él no esperaba este descaro y lanzó una carcajada que su madre reprendió. En cuanto pudo evadir la vigilancia materna se puso las manos sobre las sienes y empujando sus ojos hacia adelante los puso redondos, mientras fruncía su frente como si estuviera preocupado por algo. Entendí que aquella debería ser la cara de un occidental y le reprendí moviendo a un lado y otro mi cabeza, sus carcajadas se oían por encima del bullicio del vagón. Por si el gesto no había quedado lo suficientemente claro, alargó su indicé derecho y me señaló. Comprendí que aquel niño era una persona muy especial y, a partir de entonces, el trayecto se convirtió en un continuo intercambio de gestos, en los que él ponía en juego una inteligencia y un sentido del humor sorprendentes en una persona de cinco años.

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