Cuento de Navidad 12

Nuestro vagón continuaba su camino, llenándose y vaciándose en cada estación, sin que mi nuevo amigo y yo lo advirtiéramos, ensimismados, como estábamos, en nuestro juego de ingenio. Desafortunadamente llegamos a la parada de Yuanmingyuan Park, previa a la nuestra, y tuve que levantarme y aproximarme a la puerta para garantizar mi salida del vagón. Deduje que mi joven amigo continuaba trayecto hasta la estación terminal de la línea azul, al norte de Pekín. Entre empujones me aproximé a la puerta, estaba seguro que había desaparecido de la visión de mi amigo, sumergido entre la muchedumbre. Entre varios cuerpos advertí por unos instantes que él me buscaba inquieto, fue entonces cuando se me ocurrió levantar la mano derecha, casi rozando el techo, por encima de las cabezas de todos los que me rodeaban, estaba seguro que mi mano flotaría solitaria sobre las grandes y redondas cabezas chinas que formaban un plano compacto y, también, que mi amigo estaría mirándola atentamente: puse la palma hacia abajo y moví hacia delante y hacia atrás los dedos índice y corazón como si anduvieran, para indicarle que me iba. Aguardé hasta el último momento para salir del vagón, me costaba trabajo verlo, aunque fuera intermitentemente, él se movía inquieto a un lado y otro de su asiento, tratando de despedirse. Su madre lo tenía abrazado por los brazos para evitar que gesticulara más. En los últimos instantes abrió y cerró la mano derecha con la palma vuelta hacia mí, me acordé la manera que me enseñaron de pequeño a decir adiós. Ahí terminó nuestra breve amistad, un descortés empujón me sacó del vagón mientras por los laterales de la puerta entraba un montón de gente que empujaba como si se tratara de una melé de rugby. Nada más alcanzar tierra firme giré la cabeza justo en el instante en el que el vagón comenzaba a moverse, no pude verlo más. Una extraña sensación de pérdida me inundó, con una sonrisa dibujada en mi cara busqué la salida más próxima al Palacio de Verano mientras chinos con mascarillas se cruzaban conmigo, su imitación de la cara de un occidental me acompañará siempre.

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Estoy de vacaciones, el sol y un intenso cielo azul enmarcan los cortos días de invierno que nos conducirán a la Navidad, Sevilla ¡qué diferente de mi tierra!, pienso, en Pekín el cielo estará blanco y un viento gélido recorrerá ahora la ancha avenida de Chang-an con temperaturas por debajo de los cero grados. No se me quita de la cabeza el montón de deberes que me han encargado en el colegio de San Francisco de Paula, donde mis tíos me ingresaron cuando vine de China, deberes que aún no he comenzado.

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