Cuento de Navidad 12

Es  esa la razón principal de que me haya quedado esta mañana en la tienda de mis tíos, estudiando y atendiendo, junto a la abuela, que apenas sabe unas pocas palabras de español, a los pocos clientes que entran en la tienda. Mis tíos sabían que no habría muchas ventas y aprovecharon para arreglar algunos papeles y documentos en el BBVA de Las Setas. En los tres años que llevo en Sevilla ya he conseguido entender bien el idioma y, como dicen todos, incluso tengo un cierto acento sevillano.

Tengo quince años y creo que soy afortunado de vivir aquí. Tras la repentina y extraña muerte de mi madre, mi padre decidió aceptar la propuesta del tío Chen, su hermano menor, de enviarme a España. Su tienda de chino en la plaza de los Terceros va bien, una tienda que les permite, trabajando doce horas diarias, vivir en Europa. También está el hecho de que ellos no han tenido hijos.

Kun sabía que para sus tíos él era importante, un motivo para seguir trabajando sabiendo que un adolescente podría aprovechar sus esfuerzos en el futuro e integrarse en la sociedad occidental. Sin duda alguna él tendría la oportunidad de vivir en una sociedad diferente a la de sus padres. Le gustaba la ciudad y sus amigos del colegio. Poco a poco aprendió a amar Sevilla, la ciudad que al llegar le había parecido una maqueta antigua, una casa para muñecas que habitaban hombres. Se necesitaría demoler media Sevilla para apenas construir una de las modernas avenidas de Beijing, pensaba. A medida que pasaban los meses y Kun aprendía español, también aprendió a identificar y emparejar Pekín con Sevilla. Durante mucho tiempo aguardó con impaciencia la visita a los Reales Alcázares, palacios y jardines encerrados tras una muralla que desde el primer momento le recordaron la Ciudad Prohibida, aunque reconociera que la ciudad prohibida sevillana tenía una muralla más alta y poderosa. Su visita en el último mes de mayo al Alcázar supuso una lección de arquitectura, los repetidos pabellones de Pekín y las grandes explanadas que los separaban, se convertían en Sevilla en estancias y patios que confinaban luces y sombras, sonidos y silencios. Aprendió que en Sevilla cada espacio es singular y diferente, aunque echaba en falta los dragones vidriados que coronaban los pabellones chinos y, sobre todo, las figuras míticas que lo precedían (linternones) y que daban información sobre la importancia de cada edificio. En su primera visita le sorprendió que el Parque de María Luisa fuera gratis, que no se pagara para verlo y que no hubiera control policial alguno en sus accesos, aunque ahí terminaban las diferencias principales con los parques de Pekín, si no tenemos en cuenta el tamaño. El resto era muy similar: lagos, nenúfares, almendras garrapiñadas, coches de caballo, pabellones…, hasta en los decorados cerámicos de la Plaza de España encontró similitudes con los parques de Pekín y sus monumentos religiosos.

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