Cuento de Navidad 12

El interior de la tienda de sus tíos también le recordaba los hutongs de Beijing, callejones de una planta compuestos por pabellones y materia urbana hacinada, callejuelas sin salida que se retorcían entre sombrajos, cortinas, aparatos de aire acondicionado, máquinas de refresco, rickshaws, motos, farolillos chinos, postes de la luz…, y un reducido espacio para el paso. Exactamente el mismo desorden controlado con el que se exhibían las mercancías en todas las tiendas de chino de Sevilla. Siempre le asombró la exactitud y precisión con la que sus tíos encontraban en medio de aquel maremágnum todo tipo de género, desde una lámpara led hasta algún tipo de chuches.

A media mañana entró un nuevo cliente que tras recorrer todos los pasillos de nuestro particular hutong se dirigió a la abuela que estaba sentada en la caja registradora de la entrada y le preguntó por algo que no alcancé a entender. La abuela me llamó:

坤,你能不能照顾这位先生?

Sí, le dije enseguida, estaba deseando de tener una excusa para dejar de estudiar aquellas fórmulas polinómicas. -Perdone señor, ¿qué necesita?- Era una persona mayor con cierto aire juvenil. -Gracias, estoy buscando sal para poner una dorada al horno-.  Le tuve que preguntar a la abuela que tampoco sabía exactamente de qué se trataba, no obstante, me dio las pistas suficientes para dirigirme al estante de la sal, encima de las fregonas de plástico, y allí encontré el paquete azul de sal gorda que servía para hornear el pescado. -Aquí lo tiene señor-.

Le pagó a la abuela y lo acompañé hasta la puerta para despedirlo, me pareció una persona muy agradable.

  • ••

Casi no me atrevo a contarlo por miedo a que se crean que me invento las cosas, pero esta mañana recordé que había quedado en poner doradas a la sal para el almuerzo del sábado y no tenía sal. Como cuando ocurría algo parecido me acordé del chino de la plaza, que siempre está abierto. Al entrar en la tienda me sorprendió que la joven china de siempre no estuviera y que, en su lugar, estuviera la abuela que hacía punto sentada delante de la caja registradora. Sabía que ella no me comprendería así que recorrí los oscuros y atestados pasillos de la tienda sin encontrar nada parecido a lo que buscaba. En un rincón del fondo y bajo una lámpara estaba estudiando un adolescente al que no quise interrumpir. No tenía ninguna esperanza de que la abuela me entendiera cuando volví y le dije: -Buenos días señora, estoy buscando sal para el horno ¿sabría decirme dónde la puedo encontrar?- La señora levantó la vista y, chillando, dijo algo en chino al adolescente que estudiaba. En unos pocos segundos el estudiante vino a mi encuentro: -Perdone señor, ¿qué necesita?-, me dijo con un agradable acento sevillano. Lo conté de nuevo y él se lo preguntó a la abuela en chino, imagino, antes de internarse en la oscuridad del hutong y salir con un paquete azul en la mano, tan contento como si hubiera conseguido pescar un lucio en un pantano. -Aquí lo tiene señor-, dijo, con una amplia sonrisa.

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