Cuento de Navidad 12

No tuve duda alguna, aquella sonrisa y aquella cara pertenecían a mi amigo del metro de Pekín. Habían pasado más de diez años desde ese día. El joven me acompañó hasta la puerta y desde allí me dijo adiós levantando su mano derecha, abriéndola y cerrándola hasta que me perdí tropezando con las mesas que llenaban la plaza a la espera de los “guiris” del fin de semana.

La campana de la recién restaurada iglesia de Santa Catalina comenzó a llamar a misa, en dos días será Navidad.

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