Fábulas de la Selva Común*

La fábula de la chorra silvestre

 

La chorra silvestre (gallinacea ignorantonem) es un ave herbívora, aunque ella se cree vegetariana, que encuentra el medio natural para su desarrollo y expansión en el centro de nuestra Selva Común.

 

(Didascalia: Léase ésta fábula con voz grave y morros cerrados, imitando la voz de Félix Rodríguez de la Fuente)

 

La chorra muestra una torpeza natural en sus movimientos, sobre todo cuando trata de trasladarse en horizontal, sin embargo sorprende su destreza para el ascenso, de forma que casi siempre ocupa la posición más alta en las ramas superiores de los árboles mayores de la Selva. Sus relaciones con todos los animales de la selva son habitualmente buenas, aunque algo equívocas según ellos. A diferencia del resto de animales que se muestran autónomos en mantener la pervivencia de sus especies, la chorra silvestre depende de los demás, razón que en otros tiempos la había llevado a estar en la lista de especies en extinción. En la actualidad, afortunadamente, su número es grande y crece continuamente en franca progresión.

 

Por las mañanas, con las primeras luces del alba, la chorra silvestre ya está en su puesto emitiendo un chillido agudo que recuerda a todos los animales de la selva que deben levantarse y colaborar tanto en el sustento propio como en el de las chorras, que seleccionan de entre las hojas que les suben las jirafas, entre murmullos de desaprobación, las más apetitosas para su alimentación. Los pequeños pájaros carpinteros les construyen su entorno inmediato, huecos protegidos de la lluvia, bebederos tallados en los troncos, primorosas estancias tejidas sobre ramas secas y protegidas del viento, umbráculos seductores como sombras de oasis en las horas cálidas y silenciosas del mediodía. Las chorras prefieren la imitación a la innovación y expulsan a picotazos a todos los que idean nuevas formas, al grito de tradición, tradición… Su aportación no se sustancia en la esencia vital de la selva, hace tiempo que consiguieron autoexcluirse de la cadena alimenticia; ellas ejercen el control administrativo y han conseguido el reconocimiento general y social de su labor a cambio de la crítica, individual y en voz baja, de cada animal. La Selva Común ha dejado de ser un territorio sin ley, ya no hay estampidas ni se practica el sexo libre, las chorras organizan las colas frente al lago para beber por turno y cuentan los animales para que uno de cada cincuenta pueda ser comido por los caimanes, que han perdido su instinto criminal. Existe una policía oficial formada por patrullas de leones y tigres, y una policía secreta, formada por hienas y serpientes que hacen el trabajo sucio de la administración. Cuando hay sequía los animales se mueren de sed porque no hay agua, pero cuando llueve, también, porque se raciona el agua para abastecer los pantanos construidos por los castores, pantanos que son inaugurados todas las semanas por el Comité Nacional de Chorras Silvestres. Los hipopótamos han sido declarados animales antiestéticos y no se les deja pasear por los senderos más frecuentados, de manera que han sido confinados a un sector marginal de la selva. Los elefantes aguardan el resultado de un expediente similar al de los hipopótamos, que emitirá en breve un comité científico para la restauración del territorio salvaje. Todo ha cambiado drásticamente, hasta las chorras se quejan de su sacrificio diario, del trabajo tan ingente que afrontan en beneficio de todos. Los animales más viejos añoran, aunque no lo expresan, la desorganización pretérita, en aquellos tiempos en los que se creía que las chorras silvestres eran animales inútiles, carentes de la potencia del león, de la astucia del tigre, de la concentración de la lechuza o de la velocidad del guepardo.

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