Flores

El verano pasado estuve casi un mes sin verlo cuando una mañana apareció más delgado y demacrado que de costumbre, decían los del barrio que había estado hospitalizado, que tenía el hígado hecho polvo. Ayer por la mañana, cuando estábamos desayunando en “Los Claveles”, Santi me mostró unas cuantas fotos de los personajes picarescos que pululan por el barrio, allí estaba Flores, posando en medio de la plazuela, con su sonrisa tímida y su mirada perpleja. Mi pregunta era obligada, -oye, ¿cómo está Flores?, hace tiempo que no lo veo-, la contestación se demoró algunos segundos, -¿no lo sabes?, Flores ha muerto. Sí, murió el mes pasado. Santi aprovechó que un cliente le había pedido un café con leche y media para aceite para volverse hacia la máquina del café y dejarme a solas con mi sorpresa: Flores muerto.

Me quedó la foto en la mano, Flores me miraba ya de forma diferente, seguía teniendo el aire burlón que siempre tienen los niños o las personas que no temen nada, pero había adquirido ya la mirada interrogante de todas las fotos de los que han muerto. Nunca antes había pensado que Flores formaba parte de mis cosas, de mi entorno, de lo que más aprecio. Creo que nunca antes llegué a tener ningún pensamiento sobre él, me limitaba a saludarlo con simpatía cuando nos cruzábamos. Es extraño que las ausencias tengan mayor relevancia (iba a escribir presencia) que las presencias. Creo que eso forma parte de nuestra esencia melancólica. Sentí que Flores pertenecía al siglo pasado y que había vivido demasiado tiempo en este milenio, puede que esa fuera su razón para no cuidarse.

Flores, creo que ese era su apellido, nació y vivió cerca de setenta años en la calle Gerona, en la casa de vecinos del número 36, en la Sevilla más auténtica, en la plaza de los Terceros, en la calle San Luis, en Alhóndiga, en la calle Sol, en Bustos Tavera, en Doña María Coronel, en la barreduela de Feijoo, en Peñuelas, en el barrio de Santa Catalina. Nunca lo vi fuera de ese mínimo entorno, no me lo imagino en el Corte Inglés, él era más del corral de Santiago cuando se rodaban allí las películas de Estrellita Castro, y de cuando se tendía en su patio tensando los cordeles llenos de sábanas con pértigas de madera. Él era más de la plaza del Duque de antes del Corte Inglés, de la calle Imagen previa al ensanche, del palacio de Sánchez-Dalp. No creo que nunca se paseara por la Exposición Universal de 1992, ni visitara sus pabellones. Esa debía ser la razón de que Flores nunca saliera de esa pequeña zona de Sevilla, aquí nada ha cambiado en más de cien años. Lo imagino reduciendo sus paseos cada vez que algo se transformaba en los márgenes de sus dominios. Flores debía tener un sentido tan especial del territorio donde había nacido que invertía los conceptos, su localismo era profundo y concéntrico. Posiblemente se sintiera sevillano pero Triana estaba muy lejos, su nación íntima tenía el kilómetro cero en Los Claveles y sus fronteras entre la calle Imagen y la plaza de Santa Marina. Él sí que defendía su cultura nacional, sus caballos del paso de “Cristo” de Santa Catalina o la mesa de la Cena de los Terceros, el remilgado “Rinconcillo” con sus guiris frente a “Los Claveles” con sus parroquianos, los maniquíes vestidos de temporadas de “Confecciones Ruíz” y el “chino” de la plaza, que abastecía a Christian de chocolate barato.

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