Hojarasca doméstica imaginaria.

En 1967 como culminación de una larga investigación Jorge Luis Borges publicó un bestiario actualizado de seres engendrados por la fantasía de los hombres. Borges buscó y rebuscó en la literatura universal para encontrar y contar los orígenes de estos seres literarios. El escrito resultante se publicó como El libro de los seres imaginarios. Algunos son muy conocidos y estamos acostumbrados a compartir con ellos nuestros sueños,seres míticos como las sirenas, los unicornios, los duendes, los cíclopes… En ese libro se recogen también otros seres tan extraños y maravillosos como éstos pero que no son de conocimiento universal, como el “Hidebehinde” que tiene la facultad de mantenerse siempre detrás de nosotros, a nuestra espalda, y utiliza una velocidad endiablada para ocultarse y permanecer escondido, es esa la razón por la que nunca lo vemos. Creo que ustedes, como yo, hemos sentido alguna vez su presencia y en algún momento hemos girado repentinamente el cuello para intentar verlo, sin conseguirlo. Hace tiempo que he llegado a aceptar su presencia sin tratar de cazarlo, entre otras cosas porque el estado de mis vértebras no me permite ya girar el cuello con movimientos bruscos. En su aparente “saber estar” es un ser peligroso, Borges asegura que ha matado y devorado a muchos leñadores, aunque mientras conserve esta especial apetencia culinaria no creo que ninguno de nosotros deba sentirse amenazado por él, yo al contrario, me siento acompañado. Lo diré en voz baja, a veces hasta lo confundo con mi Ángel de la Guarda.

En el libro de Borges también existen seres imaginados por otros autores contemporáneos que el autor invita a navegar en su “arca” literaria. La inquietante fantasía realista de Franz Kafka nos describe al “Odradek” quizás el más doméstico de todos ellos:

puede estar en el cielo raso, en el hueco de la escalera, en los corredores, en el zaguán (…) Su aspecto es el de un huso de hilo, plano y con forma de estrella, y la verdad es que parece hecho de hilo, pero de pedazos de hilos cortados, viejos, anudados y entreverados, de distinta clase y color (…) del centro de la estrella sale un palito transversal, y en este palito se articula otro en ángulo recto. Con ayuda de este último palito de un lado y uno de los rayos de la estrella del otro, el conjunto puede pararse, como si tuviera dos piernas.

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