Individuos extraños II

DEMANDA PARA RETENER Y RECOBRAR LA POSESIÓN DE LA TORRE ALCOHOLERA Y DEMÁS DERECHOS ACCESORIOS A DICHA POSESIÓN (RECUPERAR LA LUZ Y EL LIBRE ACCESO AL RECINTO)

JUAN DOMINGO SANTOS CONTRA EL INGENIO DE SAN ISIDRO S.L. Sesión del juicio verbal Lunes 4 de junio de 2012. 9.30 horas de la mañana. (Duración 4.30 horas) Juzgado de Primera Instancia nº 9. Plaza Nueva. Granada

El cuerpo empapado en sudor frío, un ligero dolor de estómago, la garganta y la boca secas, las piernas flojas. Ves a tu abogado pasear con la toga oscura, concentrado, con la mirada perdida y la mente en un lugar inaccesible, en su rostro el mismo gesto que has visto en los atletas segundos antes de iniciar la prueba que les dará la gloria, los elevará a los altares. ¿Y tú? Te preguntas qué haces allí, esperando a que un desconocido al que no has visto antes en tu vida y que posiblemente no vuelvas a ver nunca más una vez superada esta pesadilla, juzgue lo que con tanto esfuerzo has puesto en pié. Y mientras piensas esto, una mujer abre la puerta del infierno y pronuncia tu nombre en voz alta. Llevas esperando con ansiedad este momento que te devolverá la luz a la torre y las llaves de acceso al recinto de la fábrica. Confías en que todo volverá de nuevo a la normalidad, la felicidad de sentirte libre, saber que las cosas vuelven a ser como antes de que unos gánsters se tomaran la justicia por su cuenta.

Has ganado el juicio anterior de desahucio y el fiscal está acusando con un año de prisión las fechorías que te están haciendo la vida imposible. Al abogado contrario se le ve más agresivo que la última vez y sospechas que menos que las que quedan aún por venir de seguir rodándole así las cosas. Con ademanes inquietos intenta justificar lo injustificable. De nuevo le escuchas el mismo discurso absurdo que en el juicio anterior: que en la torre no hay un estudio de arquitectura y que es un lugar inhabitable, a punto de venirse abajo. Con sorpresa para tí pide tu declaración y sin tiempo para reaccionar una batería de preguntas caen sobre tus espaldas, ráfagas de dardos envenenados con la única intención de confundirte. Contestes lo que contestes todo está preparado para que caigas en la trampa, una contradicción, un titubeo, cualquier resquicio mínimo por donde entrar para desbaratar tu historia, deshacerla hasta que salte en pedazos hecha añicos. En un momento dado te pide que expliques al juez cómo te cayó encima hace unos años la cubierta de la torre. Le contestas que si la cubierta de la torre te hubiera caído encima no estarías allí, delante suya, vivo y coleando. Como si nada vuelve a insistir con la misma pregunta y le vuelves a responder lo mismo, así varias veces, hasta que llegado un punto y harto de escuchar a un individuo rayado pides que el juez se acerque a examinar tu cabeza y la osculte como si tuvieras piojos, pero en busca de cicatrices, hundimientos del cráneo o algo que se le parezca. Y mientras dices esto imaginas la cubierta desplomándose sin piedad sobre el abogado hasta dejarlo sepultado bajo los escombros, allí debajo para siempre, como cuando cayeron las torres gemelas, unas imágenes que no podrás olvidar nunca. Perplejo de tanta sandez, de tanta frase absurda y malintencionada, decides pasar a la acción y elevando ligeramente la voz para que te oiga el juez con claridad, vas y le dices: “jamás escuché tantas mentiras juntas, asistimos en la sala a un nuevo record Guinness”. No has acabado de pronunciar estas palabras y ves al juez saltar de su asiento propulsado por un resorte oculto para llamarte la atención, te avisa que de seguir por ese camino tendrá que expulsarte de la sala y lo peor de todo, te recuerda que estás “un escalón por debajo del abogado que te acusa”, lo que por otra parte no deja de ser una realidad pues un peldaño de madera separa el plano donde yo me encuentro del que sitúa al juez y a los abogados. Luego piensas que era inevitable tu reacción, ante las injusticias y las mentiras es imposible no revelarse cuando las cosas se llevan en el corazón, y sin que puedas controlarte, desencajado, clamas al cielo como puedes, con un gesto de desesperación parecido al grito del cuadro de Munch o al de esa enigmática figura que es el caballo del Guernica de Picasso, con la boca abierta y la cabeza retorcida a punto de reventar en pedazos.

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