Itinerarios

Durante muchos años este fue mi recorrido, cuatro veces al día, seis días a la semana, diez años de mi vida. Comencé a hacerlo cuando tenía cinco años y lo dejé cuando me trasladé a Madrid a vivir, siendo ya adolescente. Las cosas más importantes suceden sin que lo advirtamos, debía ser alrededor de mi santo, en el mes de junio, cuando repentinamente, como dije antes inadvertidamente, cesé en mi empeño de caminar por las mismas calles. Qué ajeno estaba aquella calurosa tarde de estar cerrando uno de los periodos más significativos de mis recuerdos personales.

Podría decirse que era mí recorrido oficial, la distancia entre mi casa y el colegio, los dos únicos edificios clásicos (de columnas, capiteles, patios, mármoles y taraceas) que existían en mi barrio, en lo que luego supe que era la judería de Sevilla. Si en aquella posguerra de olor a alquitrán y cuerdas para sujetarse los pantalones hubiera intuido algo sobre el futuro Land Art, me habría dolido de la terquedad de aquel pavimento irregular de adoquines que no se dejaba hollar a pesar de mi constancia por recorrerlo, nueve mil setecientas veces “caminando en círculo”.

No sabría decir la causa pero desde el primer día tracé un circuito, iba al colegio por unas calles y volvía por otras. Tan rigurosa fue mi disciplina en seguir los diversos itinerarios que cuando caminaba, a primeras horas de la mañana por la calle Armenta, pensaba con ilusión en mi vuelta por la tarde por la estrecha e irregular Garci Pérez. Siempre que no estuviera castigado, algo que sucedía habitualmente, porque en ese caso volvía de noche, solo y malhumorado pensando en la bronca de mi padre, aunque seguía siendo fiel al circuito en cualquier circunstancia. Me veo vestido de todas las formas posible, con pantalones casi cortos, por debajo de la rodilla, y calcetines muy altos, con niquis de verano y sucedáneos de vaqueros, con la gabardina de mi hermano que una vez puesta y al girar los brazos quedaba tapándome la cabeza y mostrando un forro de tela marrón brillante. La ida y la vuelta eran absolutamente diferentes, la ida era solitaria y melancólica, amarga si pudiera emplearse este término para describir los sentimientos de un niño, era el momento en el que recordaba que el día anterior no había hecho los deberes. Nunca he llegado a comprender qué mecanismo hace que la memoria funcione tan claramente cuando ya no hay remedio, es cuando oyes el golpe de la puerta al cerrarse cuando te das cuenta que has olvidado la llave dentro. El regreso era brillante y tumultuoso, íbamos en grupo, corriendo y empujándonos. Desde la puerta del colegio donde nos vigilaba y despedía Rafael el portero, con su extraño guardapolvo de droguero que hacía las veces de uniforme, hasta mi casa. El grupo enloquecido de niños iba dividiéndose, desintegrándose, en cada esquina. Los que restábamos del grupo inicial, conscientes de las pérdidas que sufríamos, tratábamos de suplirlas agitándonos y gritando cada vez más, de manera que era difícil no llegar a casa ronco y sudoroso, sea cual fuere la temperatura ambiente. Era un efecto natural de dispersión que llenaba las casas del barrio de niños merendando.

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