La percepción del tiempo

Me ocurre ante el flamear de las llamas, cuando algo varía continuamente, cuando se hace grande y alargado inmediatamente después de haber sido pequeño y rechoncho, cuando cambia de color o se hace transparente hasta desaparecer a la vista, dudo de su existencia. Llego a creer que no tiene sustancia, que su esencia es tan mínima y poco material que forma parte de nuestros conocimientos subjetivos, de aquello que por marginal pertenece únicamente a la entropía residual de la vida, a la espuma de las fronteras, a la hojarasca de las calles. Como oí un día comentar a Giussa Marcialis, “nada serio es posible afirmar de aquello que cambia continuamente”. Lo mismo me ocurre con la percepción del tiempo, tan diversa y cambiante que empiezo a sospechar de su inexistencia, apenas una convención necesaria como justificación de la relación entre el espacio y del movimiento.

En este caso no quiero sólo referirme a la diferencia, que todos advertimos, entre el discurrir lento e infinito del tiempo de la infancia y la acelerada sucesión de los días, los meses y  los años en nuestra vida de adultos, cuando nos dejamos atrapar por la reiteración de lo cotidiano, cuando dejamos de sorprendernos por todo cuanto sucede en nuestro entorno, o como oí decir tantas veces a mi madre: cuando comprobamos que “a partir de los veinte años, el tiempo vuela”, no me refiero solo a eso. Quiero escribir sobre la distancia perceptiva del paso del tiempo que advertimos en un mismo periodo de nuestra vida, también de la diferencia entre las mañanas y las tardes. Siempre asocié la “caída de la tarde” con la aceleración en la que transcurren las horas del ocaso, como si una especie de fuerza gravitatoria del tiempo, que no del espacio, atrajera las últimas horas del día, como si tras un cierto empantanamiento, coincidente con la hora de la siesta, el tiempo cayera por una ladera, como el agua. Las horas de la mañana parecen trepar fatigosamente por la ladera opuesta, lastradas por “la fuerza de la levedad”, le llamo así porque de alguna forma tendremos que distinguirla de la otra fuerza, de la fuerza de la gravedad que afecta a la materia que pesa y ocupa volumen. Siempre, cuando llegan las diez de la mañana, tengo la sensación de haber alcanzado ya la mitad del día.

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