La percepción del tiempo

No es solamente ahora, cuando he dado vuelta a la hoja de papel del tiempo y avanzo por la carilla restante, cuando vengo a caer en estas disquisiciones perceptivas y temporales. El origen de este inefable texto es un verano atípico, un verano que me ha permitido disfrutar de prolongadas estancias en casa, incluso semanas completas sin pisar la calle. Cuando el paisaje doméstico, tan reconocible, estático y seguro, es un monólogo visual sin otra alternativa, cuando repites las mismas tareas a las mismas horas, en las mismas habitaciones, el tiempo se empantana y deja de fluir. No es que sea rápido o lento, simplemente no es. Cuando un día, por fin, las circunstancias te permiten brevemente salir a la calle a comprar el periódico, ¿de qué día?, y desayunar en una cafetería de Reina Mercedes, aprecias una ciudad diferente a la que dejastes. Todas las permanencias domésticas se convierten en alteración y cambio en el espacio público. Los aparcamientos de tu calle están vacíos, ¿dónde la desesperación de los que buscan un sitio para dejar su coche?, puedes cruzar la calle  sin aguardar el cambio de semáforo, en la seguridad de que ningún vehículo se cruzará en tu camino. En la inmensa cafetería no hay nadie, los dos camareros que la atienden te miran extrañados. Tienes la sensación de haber irrumpido en un cuadro de Hopper. El quiosco de prensa también está cerrado. Incluso el trozo de cinta adhesiva que tapa la raja del asiento de la moto está arrugado y levantado por los bordes, descolorido por horas de sol y calor que no has percibido.

Habrá otras salidas de otras reclusiones, otras interrupciones de otras actividades reiterativas, otro intermedio en el que poder contrastar imágenes y recuerdos. El quiosco de prensa ya está abierto, es necesario aguardar que el muñeco se ponga verde para atravesar la calle, la cafetería está casi llena, hasta el periódico es algo más grueso y pesado. Compruebo que mientras el tiempo doméstico se empantana, el tiempo público mantiene su fluencia, apenas hay un aparcamiento libre en mi calle y árboles, rejas y báculos están florecidos de hojas blancas de papel con flecos, que antes no estaban. Los programas deportivos de televisión, los únicos que me interesan, se suceden tediosamente, de la inacabable Olimpiada de Londres, pasan a la vuelta ciclista, de allí a las carreras de motos, a la fórmula uno, a los endémicos enfrentamientos entre Barcelona y Madrid, de nuevo a Londres, aunque con una Olimpiada diferente, sin brazos y piernas. Apenas los periódicos almacenados en una de las butacas del cuarto de la tele y los libros de la colección de El País, que no me cubren la semana de intervalo, sirven como detectores domésticos del tiempo transcurrido.

Pages: 1 2 3 4 5 6

Login

Contraseña perdida?