La percepción del tiempo

En la última salida, salidas afortunadamente más prolongadas y frecuentes, ya no hay huecos para aparcar en mi calle, hasta el del minusválido está ocupado. Esbozo una sonrisa negra, que no cruel, al recordar que también ha acabado la segunda olimpiada de Londres. Otras motos acompañan a la mía en su paciente y resignada espera, el viejo peatón del “andador” ha vuelto de sus vacaciones y vuelve a detener el tráfico al atravesar el mínimo paso de peatones de la esquina, con sus andares cada vez más lentos e inseguros, los cuatro escalones y los ocho metros de distancia de la calle parecen el paso de las Termópilas. Hojas amarillas que se acumulan sin que nadie las retire. Ya estamos todos aquí. El calor se ha vuelto neurótico este verano y se niega a mantener ningún tipo de orden o contención. Pienso que la factura de la electricidad, afectada por las horas de aire acondicionado, también dará fe de mis prolongadas reclusiones.

Nunca lo vi tan evidente, existen dos tiempos diferentes, el público y el doméstico, el primero es ágil y cuenta los cambios sociales, las reacciones a los recortes de Rajoy (predestinado hasta en su nombre), personaje dispuesto a “jodernos” a todos por nuestro bien (ni siquiera los curas del Claret de Madrid fueron tan cínicos conmigo). No nos entretengamos y volvamos a la calle, allí el tiempo existe y celebra el cambio de las estaciones, la anunciada vuelta de los estudiantes que llena de hojas blancas, de ofertas de alquiler, las fuertes rejas que resguardan los ridículos jardines de la escuela de Arquitectura, que siempre fue desmedida en todo. Las calles se llenan y vacían según las horas (esta frase parece catalana). Los quioscos de prensa se estiran más que nunca para mostrar las múltiples ofertas del fin de semana y del nuevo curso. Después de muchos años he vuelto a sentir la violencia del paso del tiempo, a sentir cómo la noche del domingo se contrapone con la luz del atardecer, sin que haya transcurrido tiempo alguno, las películas del gordo y el flaco eran paréntesis en el tiempo para un niño que ahora desconozco.

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