La soledad del dolor

Empezó con una extraña sensación de malestar difícil de localizar y describir. Sólo tenía la seguridad de que provenía de mi interior, ni siquiera estaba convencido, en los primeros momentos, que fuera una molestia. Sabía además dos cosas seguras: que estaba ocurriendo algo que una hora antes no ocurría. Traté de no echarle cuenta con la ingenua pretensión de que terminaría desapareciendo igual que había aparecido. Ya fuera por mi desatención o por mi concentración en otros menesteres, la extraña sensación se concretó en molestia y se ubicó en una zona indeterminada de mi cuerpo, entre la ingle y la cintura, tomé un cojín y me lo coloqué en la espalda. No era una molestia superficial, parecía atravesar diagonalmente la espalda y la cintura. Recordé que nunca había tenido capacidad alguna para percibir con nitidez el dolor o el placer. Aquella molestia iba incrementándose y reclamando mi atención al mismo tiempo, ni siquiera el pequeño bienestar de la lectura era compatible con aquel trastorno físico. Como una visita inoportuna y a destiempo, me desconsolaba tanto el leve sufrimiento como la interrupción de las tareas que me había propuesto realizar aquella noche.

Pude comprobar que nada que hiciera contrarrestaba mi malestar. Mantenía el libro en las manos como testimonio visual de mi deseo violentado, el absurdo programa de televisión, al que ya antes no atendía, se transformó, con su indiferencia y grosero divertimento, en un tormento más. Traté de concentrarme en describir aquello que sentía, si en un principio había tenido dudas sobre la presencia de algo anómalo ahora eso no era posible dada su evidencia. Una especie de difusa línea de dolor subía por mi interior hasta concluir en una amplia zona de la espalda, a la altura de la cintura. Me desabroché el cinturón sin efecto alguno. Es difícil describir el dolor, cuando me refiero a una línea no es porque aquello fuera un flujo estrecho y preciso, en algún sentido continuo, sino para definir una desagradable secuencia prolongada en el espacio y en el tiempo que recorría un tercio de mi cuerpo con intensidades y características diferentes en cada lugar. Advertí la diferencia notable entre exterior e interior, la piel, nuestra piel, se comporta como un preciso localizador de sensaciones, el leve tacto de un solo dedo puede ser detectado y situado con precisión; en nuestro interior, en cambio, no sucede lo mismo, los órganos internos carecen de esa piel sensible y descubridora y sus señales son imprecisas.

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