Líneas de fuerza

Todo comienza con un recuerdo, con un recuerdo infantil, tan lejano que ahora dudo que sea cierto. Es posible que sea la huella imperceptible de un sueño, el rastro que quedó hollado en mi mente cuando por la mañana olvidé lo soñado. Cuando se me olvidó que te olvidé…

Estaba preocupado por mis notas, ya próximo el verano andaba sin rumbo fijo por el interior de mi destartalada casa grande. Bajé del tejado de inspeccionar cómo las margaritas amarillas, que días antes llamaron mi atención por su belleza pequeña y lozana, se convertían en secos y mustios jaramagos. Mi gato, el Sputnik, había decidido hacer una de sus excursiones erótico-deportivas y me había abandonado. En el centro del patio estaba puesto a secar el enorme banco de madera que río Guadalquivir abajo había capturado mi padre hacía varios días. Me acosté sobre él a observar el cuadrado azul de cielo que acotaban las fachadas de columnas y arcos. Me sentí feliz de mi libertad, notaba cómo con la vista podía ascender y seguir la nerviosa trayectoria de los vencejos, seleccionando uno de entre las decenas que cubrían con sus vuelos nuestro patio. Cuando el sol hacía tiempo que había abandonado el suelo del patio aún daba brillo y esplendor a aquellas pequeñas criaturas volantes. Desde mi posición podía ver los retorcidos e inservibles canales de chapa que ponían el límite último, el marco, al cuadrado celeste. La tarde se terminaba y las golondrinas se afanaban en llevar alimento a sus nidos que secos y rústicos colgaban de las vigas de madera de la galería superior. Como hacía con las costas de las penínsulas me entretenía en dibujar con un lápiz inexistente los recorridos de los pájaros. Las líneas se entrecruzaban y los pájaros, que parecían conocer mi tarea, se empeñaban en dificultarme el trazado de aquellas curvas. Pensé que la que más me gustara la pasaría a mi cuaderno y la usaría como firma. Uno de aquellos puntos móviles se detuvo en su vuelo, suspendido en la tarde reflejó la luz anaranjada del ocaso, inmediatamente comenzó a bajar en caída libre como alcanzado por la descarga de una escopeta de perdigones. Tuve apenas tiempo para levantarme y situarme debajo de su trayectoria descendente con las manos juntas y abiertas. Cuando agarré su mínimo volumen aún estaba caliente.

Pages: 1 2 3 4 5

Login

Contraseña perdida?