Lisboa

Como el humo de los barcos.

Como un mar más presentido que presente o sentido.

Como un fado que es a la vez luz y olor que se apaga.

Como una mirada sabia que causa dolor en el que mira.

Como la topografía de una ruina.

Como la humedad que es agua transmutada en aire y nos recuerda nuestro origen anfibio.

Lisboa, ciudad que siempre desciende en un proceso interminable de sedimentación.

Dudo de tu existencia cercana, construida con palabras, pensamientos y algunos otros materiales.

Ciudad literaria, paseando por tus calles creo en la reencarnación, en experiencias infantiles que dejaron huellas permanentes en mí sin haberlas vivido.

Lisboa seccionada, demediada de un solo Tajo, donde todos los mapas y plantas son inútiles porque tu esencia es vertical.

Arriba y abajo, nunca delante y detrás.

Lugar desde donde otear paisajes interiores, desde donde descubrirnos y sorprendernos.

Barrios telescópicos, circunscritos los unos en los otros.

Muelle de Europa donde soñar viajes imposibles.

El Chiado que antes me sabía a té y ahora me huele a chamusquina.

Pensiones, muchas pensiones. Pensiones que apestan a tren y a carbonilla. Pensiones absurdas con camas de masajes por monedas. Pensiones con desayunos familiares: ¡Españolas, muy finas!

Buenos Aires sin argentinos, qué maravilla. En las empinadas calles transversales de la Alfama bajo las ropas tendidas me pareció oír la arrastrada tristeza de un bandoneón. No debo confundir el tango con el fado.

Italia escondida, pudorosamente adherida a las húmedas sábanas y a las extrañas formas de las botellas de vinho verde. Italia mejorada de excelentes “antipasto” de almejas y zapateiras.

Lisboa rotulada sobre líneas rojas paralelas trazadas en un vidrio luminoso. Dial de una radio Philips de una infancia muy remota cuando apenas sabía leer y Lisboa era antigua y señorial, una ciudad que imaginaba llena de lavanderas portuguesas. Aires antiguos que permanecen en el nombre porque los nombres también cuentan y no es lo mismo llamarse El Cairo que París.

Ciudad más real que virtual, lugar para el sexo y la vida. La verosimilitud de los recuerdos inventados que se superponen y transparentan sobre la realidad hasta hacerla fértil.

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