Mercedes

Mis recuerdos más infantiles se han convertido en estos días en una referencia continua, acostumbramos a retener en nuestra memoria las últimas imágenes de la vida de una persona y con ello faltamos a la realidad, desplazamos el global de una vida llena de actividad, vitalidad y juventud, como todas, que sustituimos por las abrumadoras sensaciones e imágenes del deterioro de los últimos instantes, días o meses. Este es el momento en el que frente a los rastros dejados por la agonía de las semanas pasadas quiero borrar de mi mente sus quejas continuas, sus lamentaciones de dolor, su mirada dolida y perpleja, su columna vertebral curvada…, para refugiarme en su recuerdo vital, en aquello que conservo en los rincones más ocultos y profundos de mi memoria con el único fin de hacerle justicia, de poder esbozar una semblanza verosímil de su prolongada, recta y honesta vida.

Mercedes nació en Sevilla siete años antes del comienzo de la guerra civil española, era (aún me duele el verbo en pasado) la tercera de seis hermanos y la más joven de la tanda de los mayores, entre su nacimiento y el del cuarto hermano pasaron más de siete años, quizás sea esa la razón de que dentro del entorno familiar concitara atenciones y privilegios de hermana pequeña, de benjamín de la casa, sin serlo ya que esa condición me cupo a mí el honor de cubrirla casi diecisiete años más tarde, cuando nací por sorpresa sin que ya nadie me esperara, evento que motivó que mi padre, en ocasiones, me llamara “el zurrapilla”.

De su infancia poco o nada puedo recordar, dado que yo aún no había nacido. Mi madre aseguraba que era muy nerviosa, alegre y charlatana. Ella, mi madre, siempre contaba que siendo muy pequeña aprovechaba cualquier descuido para apurar el vaso de vino de mi padre, dándole inmediatamente la vuelta y besándolo en el culo. Cuando era sorprendida decía: -¡es que me gusta el vino más que a la madre que me parió!-, expresión que le servía para eludir cualquier castigo y hacer sonreír a todos por su desfachatez y valentía, rasgo que de mayor supo compatibilizar con su timidez y prevención a las relaciones personales.

De esa época existe en casa una foto coloreada de los tres hermanos mayores: Encarna, Antonio y Mercedes, creo que la imagen corresponde a la primera comunión de Antonio, en ella Mercedes, con cuatro años, lleva un traje blanco y un enorme lazo del mismo color en la cabeza, un lazo tan grande como su cara, enmarcada por una melena negra, con unos ojos grandes que miran con recelo, mientras se protege y acoge a la mano de Antonio, su hermano rubio. Por la forzada quietud relajada de Encarna, la mayor de los tres, que pasa su brazo derecho sobre los hombros de Antonio en un intento por tranquilizarlo, y por los semblantes inquietos de los dos más pequeños, deduzco que la obtención de la foto “De Estudio” fue difícil y estuvo precedida por los intentos de evasión de Mercedes, quizás abochornada por el tamaño del lazo que mi madre le había puesto, o porque, como a mí, nunca le gustaron las fotos. El lazo, al igual que mis fantásticos tirabuzones, que mi padre hizo desaparecer al llevarme una tarde a la barbería de la Puerta Carmona cuando ya tenía yo cuatro años, formaba parte del espíritu artístico de mi madre que siempre ponía un toque muy personal en todo lo que hacía, desde los paños de croché hasta sus inolvidables guisos. Contaba mi padre que recién casados, mi madre tenía dieciseis años, trató de cocinar un conejo por primera vez en su vida y que previamente le quitó los dientes con unos alicates. Me gusta pensar en la imagen de mi madre, apenas una niña, sentada en una silla baja y extrayendo, uno a uno, los dientes del conejo, mientras le mantenía la boca abierta sobre su falda en una operación más próxima a la odontología que a lo culinario. Hay que añadir que a mamá, como a mí, nunca le gustaron los conejos.

En estos días he podido reunir algunas fotos de Mercedes que desconocía y que ella guardaba junto a cientos, miles, de imágenes de santos, todas las que una extensa vida pueden permitir coleccionar en cajones, armarios y bolsos. Fotos en blanco y negro, con bordes perforados, que nos muestran a una bellísima niña morena, vestida siempre de blanco, una niña que mira al objetivo con una mirada inteligente y algo perpleja, como desorientada. Siempre advierto un gesto especial en todas las caras de las fotos de la gente que ya ha muerto.

Mercedes siempre se mantuvo fiel a una amiga de la infancia, Loli Cifuentes, que vivía en la misma casa de vecinos que nosotros, es posible que su escaso interés por las personas que no eran de su familia, le llevara a solidificar y asegurar sus contadas amistades. Las dos crecieron juntas y les quedó hasta muy mayores la costumbre de asistir a todas las bodas del barrio. Primero se colaban en la casa de los novios cuando, según la tradición de aquellos tiempos, días antes de la boda enseñaban a familiares y amigos el “ajuar” de la boda; también, eran las primeras en estar en la puerta de la iglesia de San Bartolomé aguardando la llegada de la novia. Esta afición les daba conversación para toda la semana, ya que sometían todo a una dura crítica que concluía con sonoras carcajadas, especialmente de Loli. Dos de mis hermanos mayores, José María y Manolo, menores que ellas en muchos años, les llamaban “las tontas de las bodas” y mis padres les recriminaban su sorprendente curiosidad por las vidas ajenas, actitud que bien pudiera considerarse hoy como origen parroquial de la prensa del corazón.

Al paso del tiempo su afición adquirió connotaciones profesionales, ya que ambas amigas se repartieron el papel de modista o costurera, mi hermana Mercedes, y bordadora, su amiga Loli, del barrio. Así que posteriormente en muchas de aquellas bodas la novia lucía un vestido diseñado y realizado por Mercedes Trillo, y a veces, incluso, bordado por Loli Cifuentes. Recuerdo que mientras mi hermana mantenía, a costa de lo que fuera, su palabra dada en cuanto a entregas de los vestidos confeccionados por ella, su amiga Loli inventaba una y mil artimañas para zafarse de sus compromisos, solía vendarse el tobillo derecho para simular un esguince que justificara su retraso dado que no podía accionar el pedal de su máquina de bordar. Era Mercedes la que le advertía a Loli de la frecuencia con la que se dañaba el tobillo y de no repetir la argucia con las mismas clientas. De todas formas tras la visita de las clienta, que se iba preocupada tanto por su pedido como por la salud de Loli, se producía un gran alborozo, con Mercedes riéndose y diciendo mientras movía la cabeza a un lado y otro: ¡uy, uy, uy…!

El nacimiento de José María, el cuarto hermano e iniciador de la segunda tanda de la familia Trillo de Leyva, debió suponer para esa niña de siete años un acontecimiento extraordinario. De la relación entre ambos hermanos quedaron en casa muchas huellas. Por ejemplo una minúscula foto en la que aparece un niño de tres o cuatro años con gorrilla y gafas, que se desternilla de risa. Creo que fue idea de Mercedes sacarlo a pasear llevando escondido el atrezo adecuado para hacerle una foto de esa guisa utilizando la nueva tecnología de foto-matón. Las fotos y las historias que mi madre contaba de aquellos años, me llevan a pensar que Mercedes convirtió a José María en su juego preferido y en su acompañante permanente.

Quedó en nuestra familia una anécdota que tiene que ver con la costumbre de mi padre de montar todos los años un enorme y magnífico belén que ocupaba un tercio del espacio de nuestra vivienda, del que aún quedan en casa figuras de barro vestidas por Mercedes. Recuerdo especialmente un cura con sotana negra, que simulaba tocar la campana de una torre de corcho y aún conservo un pequeño muñeco cabezón, vestido de frac, que presidió la tarta de tres pisos que hicieron entre mi madre y la vecina, para celebrar mi primera comunión y la de la hija de la vecina, que también estaba representada en lo alto de la tarta por el mismo muñeco disfrazado por mi hermana con un traje blanco, de boda o comunión. Pienso ahora que todo ese atrezo que ella inventaba, y que llenó de destellos brillantes mi primera infancia, surgían de su afición al cine. Durante mi adolescencia disfruté casi todas las noches de ser su acompañante a los cines de verano, de donde volvíamos a altas horas de la noche porque íbamos a la segunda sesión. A Mercedes nunca le importó trasnochar a cambio de que mi madre la dejara dormir por la mañana hasta muy tarde.

Pero volvamos al “Nacimiento”, sin la habilidad de Mercedes para vestir figurillas de barro casi sin valor y convertirlas en personajes cualificados de la Historia Sagrada: Herodes, Pilatos, un monaguillo…, aquel “nacimiento” hubiera carecido de valor. Ella sin embargo nunca reivindicó su papel, siempre fue discreta y trabajaba aceptando fundirse en la colectividad, exactamente la posición contraria que mantuvimos sus tres hermanos menores, interesados siempre en dejar constancia de nuestras aportaciones personales, ya fueran deportivas o escolares. Fue ella la que más repitió y difundió una de las frases favoritas de mi madre: -en casa, los hombres valen más que las mujeres-, quizás aludiendo también a mi padre y no sólo a nosotros; sin embargo, Mercedes, la repetía muchas veces convencida de su veracidad. Nunca eché mucha cuenta de estas sentencias familiares, pero puedo asegurar que esa frase era falsa e injusta, sólo justificada por el machismo generalizado de la época.

Si sigo introduciendo tantos paréntesis, no contaré nunca la anécdota: Debían de ser los primeros días de diciembre cuando Mercedes salió a comprar cosas del belén acompañada de su hermano pequeño, de cuatro o cinco años. No sé cuáles eran las tiendas que visitaron, porque la historia la sé por mi madre, pero supongamos que era la calle José Gestoso que ya en aquel entonces estaba especializada en productos navideños, es decir un lugar bastante distante de la calle Tintes que era donde vivíamos. Creo que lo más importante de la compra eran elementos de infraestructura, trozos de corcho, especies de tejas curvadas que servían para conformar las montañas, serrín y musgo artificial para cubrir los encuentros. Mercedes le pidió al niño que doblara los brazos noventa grados delante de él y mantuviera las manos abiertas, mientras ella compraba corchos y musgo que iba depositando sobre los brazos del pequeño que la acompañaba a todos lados. Al poco tiempo y dada su poca altura y el volumen de la compra, el pequeño dejó de ver tras la montaña de cosas que llevaba sobre sus brazos, de forma que una de las veces que Mercedes se volvió para depositar una nueva mercancía, ya no estaba. Había seguido recto y se había perdido entre la muchedumbre de la calle. La anécdota termina con la llegada de Mercedes a casa llorando y sin niño, su búsqueda y encuentro junto a la mercancía navideña que José María nunca abandonó, a pesar del reguero de musgo que iba dejando tras su paso y que sirvió para su pronta localización.

Tuve la oportunidad de conocer a Mercedes cuando ya era una bella joven en pleno  físico y les aseguro que era de todo menos corriente o anodina. En la azotea de nuestra casa tenía su estudio un pintor costumbrista de reconocido prestigio local, Miguel Ballesta, que solventaba su supervivencia pintando y vendiendo, de vez en cuando, cuadros de gitanas. Durante algún tiempo Mercedes con su melena negra y ondulada fue su modelo, aunque dada su timidez y su nulo deseo de notoriedad, obligara a Miguel “el pintor” a conformarse con copiar las fotos que le hacía, utilizando para las escenas del natural gitanas reales que contrataba por horas. Una de sus condiciones para posar en las fotos era que su amiga Loli también estuviera implicada en el tema, aunque a Loli nunca la vi en los cuadros del pintor. Recuerdo bien una foto en la que Mercedes sonreía a la cámara apoyada en una enorme canasta que sostenía sobre su falda, imagen que como tantas otras veces se convirtió en cuadro y en venta exitosa. También fue utilizada como modelo de dama noble, en mi casa hay una foto de Mercedes frente a un espejo, de pie, vestida con un traje blanco de encajes y una ligera capa de armiño, que formaría parte del equipo del pintor. Ahora pienso que si ella  leyera esto que estoy escribiendo nunca lo aceptaría como cierto, “el pintor y la modelo” no sería una relación que ella reconocería como verosímil en su discreta vida. Mercedes rondaría en aquella época los veinte años.

Tuvo una gran cantidad de pretendientes, que es como se llamaban en aquella época a los jóvenes moscones, merodeadores del balcón de mi casa, lo sé porque algunos me paraban en la puerta para preguntarme: -oye niño, ¿esa morena que he visto contigo es tu hermana?-; durante varios años tuvo un novio que tras un largo periodo de noviazgo y con todo el “ajuar” listo, decidió dejar. De él recuerdo que era buena persona y un gran “capillita” que nos dejó la casa llena de revistas de vírgenes y cristos.

Ya algo mayor conseguí que aceptara examinarse del carnet de conducir, pensé que eso subiría su nivel de vida. Aceptó y aprobó el teórico a la primera y por alguna negligencia de última hora no pasó el práctico, como ya me había ocurrido a mí, pero en su caso ella no aceptó la humillación de presentarse una vez más, la sumisión nunca formó parte de su carácter, y prefirió renunciar al carnet.

Hizo gratis y poniendo la tela, el diseño y ejecución de todos los trajes de novia de sus amigas y de todos los trajes de comunión de mis sobrinas, ella decía que era su regalo, pero yo sé que era algo más. Nunca comprendí cómo tras haber renunciado a estudiar, era capaz de interpretar los dibujos de los patrones de vestidos que publicaban las revistas de moda, o era capaz de cortar sin dudas, telas de seda y encaje de elevado precio. Nunca se quejó nadie de su trabajo ni de sus vestidos, casi todos reinventados por ella, recibieron siempre  grandes elogios. Cuando me compraba pantalones o chaquetas mi objetivo era encontrar aquellos que más me gustaran, no los que me quedaran bien, ya que luego mi hermana Mercedes, con su magia, los adaptaba perfectamente a mi cuerpo. Apenas hace diez años que pago los “arreglos” de las tiendas, sobre todo el recorte de los bajos de los pantalones.

Mi relación con ella nunca fue muy próxima aunque siempre me sentí privilegiado por su atención y cariño. Desde adolescente me atraía la fotografía y fue ella la que me regaló mi primera cámara de fotos, con ella pude abandonar un cubo de bakelita rajado y pegado con cinta aisladora negra, creo que era una Kodak, lo más próximo a una cámara oscura que de vez en cuando conseguía grabar alguna imagen, recuerdo que los carretes eran de 12 fotos y solíamos obtener una media de tres fotos nítidas por revelado. Mi nueva cámara, aún la conservo, era una Winar que ya tenía forma de cámara moderna y estuche de cuero, aunque no se distanciaba mucho de la sencillez de la Kodak familiar. Con aquel artefacto, doce años de edad y un agradecimiento enorme hacia mi madrina, papel que también realizaba mi hermana Mercedes, me lancé a las calles en Semana Santa y obtuve los más sorprendentes detalles de varales, manos de cristos y bambalinas de palios, algo muy diferente a las clásicas imágenes de pasos que publicaba el ABC.  Lo que más me gustaba de aquella afición era aguardar una semana a que revelarán el carrete e ir a recoger las fotos a la calle Sierpes, a los laboratorios de Malet “al servicio de usted”, una mezcla de decepción y alegría me esperaba con cada revelado. Fue Mercedes, como en tantas otras ocasiones, la que facilitó aquella primera afición creativa mía, repentinamente interrumpida por el deporte. También fue ella la que me compró la segunda cámara, una Werlisa color metálica, que ya tenía control de distancias, velocidad de apertura e, incluso, indicador de sensibilidad “asa” de las películas. Antes de ese periodo, de los dos a los nueve años, su resignación y silencio me permitió jugar a los soldaditos, utilizando sus cientos de alfileres para pinchar mis ejércitos de soldados de papel recortables entre las llagas de los ladrillos de mi casa. Muchas veces al devolver los alfileres sin limpiar a sus alfileteros se manchaban de tierra las telas de sus vestidos, es cierto que se quejaba de ello continuamente a mi madre, aunque también lo es que lo consentía una y otra vez. A ella debo el haber tenido las colas de cometa más fantásticas del barrio, nadie podía igualar aquellas colas formadas por lazos seleccionados de telas de colores que ondeaban en las alturas de mi azotea, tras el cuerpo pentagonal de la cometa de papel que hacía con las cañas de las escobas estropeadas y papel de periódico.

Soportó con relativa bronca las fechorías de Sputnik, un gato salvaje que adopté a los doce años y que le encantaba enredarle todos los hilos de una canasta llena de carretes de colores.

Vivió una vida espiritual muy personal, era propensa a creer todo tipo de historias sobre apariciones, brujas y maleficios, que compatibilizaba con su devoción a todo tipo de santos. No me refiero a que llevará una práctica católica, sino que mezclaba superstición y religión en la creencia cierta de la existencia de un mundo contiguo y espiritual que se superponía a nuestra realidad, no había noticia de un suceso paranormal que ella no aceptara como verdadero. Recuerdo cuando veraneando todos en Chipiona en los años cincuenta, unas vecinas salieron a la calle gritando: ¡milagro, milagro!, sin perder un segundo Mercedes me cogió de la mano y nos lanzamos a perseguir a las vociferantes vecinas, llegamos a una cocina de planta baja donde una señora mostraba con reverencia una agalla de merluza sobre un plato diciendo que tenía grabado sobre ella la imagen de la virgen de Regla, patrona de la ciudad, las vecinas se arrodillaban mientras la cocinera mostraba el trozo de pescado a toda persona que se aproximara. Juro que yo no vi nada especial en esa agalla que olía mal, a pesar de que Mercedes se empeñó en describir perfectamente la similitud de aquella cosa con la Virgen de Regla. Creo que formaba parte de esa misma actitud y creencia su miedo continuo a sufrir una catástrofe, ella no resistía que hubiera una tormenta y alguno de nosotros no estuviera en casa. Cuando murió Franco su obsesión, esta palabra le iba muy bien, constante, era almacenar comida para “lo que pueda pasar”, mientras mi madre protestaba por la cantidad de saquitos de azúcar, garbanzos, lentejas, arroz, pastas, chícharos, harina, sal, café…, que había en casa. Traía dos cada día y como ya no había sitio en la alhacena se iban amontonando en lo alto de los armarios. Mi madre decía que algunos de esos productos con el paso del tiempo criaban “bichos”, así que no tuvimos más remedio que estar durante un año comiéndonos nuestra reserva de comida, mientras la Transición se desarrollaba sin incidencia que nos afectara.

Cuando murieron mis padres, ella y yo vivíamos con ellos y fuimos los más directos implicados en sus últimos cuidados. Mercedes se levantaba a cualquier hora de la noche a lavar a mi padre sin avisarme, solo cuando alguna noche me despertaba solía hacerlo yo y pedirle que ella descansará,  ya que en aquella época trabajaba en un taller profesional y tenía más de sesenta años, mientras yo tenía apenas cuarenta y no tenia que atenerme a ningún horario fijo. Creo que fue ella la que me enseñó a cuidar de los mayores.

Aunque nadie lo dijo nunca, ella fue de todos mis hermanos la que heredó las mejores cualidades de mis padres, trabajadora, inteligente, honesta, voluntariosa, sería y bella. En mi familia la competitividad y logros académicos de los tres menores, los de la segunda tanda, siempre nubló la singular y diferente personalidad de los tres mayores: Encarna, Antonio y Mercedes, aunque creo que eso fue más una suposición de nosotros que de nuestros padres. Es cierto que su carácter era duro, no tengo ahora por qué ocultarlo, pero a pesar de ello supo tener amigos que nunca se separaron de ella. Era pesimista, “qué mala suerte tengo”, y mal pensada, siempre se ponía en lo peor y además creía tener razón, lo que muchas veces era cierto. De su carácter fuerte y valiente me ha quedado una anécdota de una de nuestras últimas visitas al Centro de Diagnóstico de la Seguridad Social, a Hematología. La llevaba en coche hasta la puerta del Centro y una vez allí la sostenía para que avanzará con dificultad hasta el ascensor e ir a la primera planta. Aquel día, cuando llegamos a los asientos de la sala de espera comprobamos que había mucha gente esperando, más de lo habitual. Mercedes dijo algo parecido a ¡uff!. Apenas había pasado media hora cuando ya estaba quejándose de la situación tan lamentable en la que nos encontrábamos los ciudadanos. Pasada una hora comenzó a decir que los que estaban llamando a consulta habían llegado más tarde que nosotros. -Claro como tu eres tonto y todo el mundo se aprovecha de ti, vamos a estar aquí hasta la tarde-. Yo seguía leyendo el libro que acostumbraba a llevar siempre y le decía que tuviera paciencia. -Si quieres me levanto y le digo a la enfermera que nosotros estamos aquí antes y qué a ver qué está pasando-, me dijo, no me lo podía creer, apenas contaba con sus últimas fuerzas y sólo su gran voluntad nos permitía aún no pedir una ambulancia para ir a la visita programada. A pesar de todo su gallardía permanecía intacta, conseguí que no se levantara y que aguardara a que nos llamaran, pero tras ese intento de protesta su mente ya alterada por la lección cerebral le dio la vuelta a la situación: – Tú no te preocupes, tú verás como no tienes nada-, de pronto el enfermo era yo y ella la que me llevaba al médico.

Me duelen ahora más que nunca sus reclamaciones continuas: -¡tú no me quieres!-, que la mayoría de las veces resolvía con evasivas y que reflejé en su entierro con un mensaje en la corona de flores blancas, “te quiero”, cuando ya era demasiado tarde, ya sabes que soy un maestro en gestos inútiles.

¿Por qué siempre se mueren las personas que más nos quieren? A veces pienso que la vida es un itinerario de pérdidas, en el que al tiempo en el que nos vamos aislando perdemos en la memoria de los que nos quisieron nuestros recuerdos más felices. Nunca pensé que fuera así, pero ahora su ausencia la hace más presente que nunca, más que su sufrida permanencia del último año. De la extrema y dramática actividad de los últimos meses hemos pasado a la nostálgica inactividad que envuelve los días transcurridos desde su muerte, no por esperada menos sorpresiva.

Quede esta semblanza como testimonio y fe de la vida de una persona honesta, bella e inteligente.

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