MMM

Memoria, mujer y muerte

No me gustaba su nombre y me sentía alejado de su rol de cantante española de posguerra. En aquella época estaba más atraído por el soul y por el sonido blue, por  el sonido negro de Philadelphia, por los Jacksons, por Ottis Redding , por las Supreme, por Ray Charles, por Stevie Wonder, por Aretha Franklin, por Donna Summer, por Roberta Flack, por los Rolling Stone, por los Beatles de después del viaje a la India, por los Bee Gees…, de esta nueva condición musical  tuvieron mucho la culpa mis primeras amistades en la Escuela de Arquitectura. Eran estupendas las tardes de estudio de las asignaturas de Ampliación de Matemáticas y de Física en la muy habitada casa de los Martínez García, en los Remedios Antiguos de Sevilla. A los diez hermanos, un padre y una madre, nos uníamos los invitados, muchos y muy variados. En aquella pequeña vivienda junto a la colección de discos de grandes cantantes negros americanos destacaba la falta de espacio y una libertad global que le debía tanto a la muchedumbre que vivía allí como al espíritu moderno y tolerante de los padres. Una madre, para mí sorprendente, que nunca estaba preocupada por el “arreglo de la casa” y que nos dejaba ensayar murales negros en los dormitorios colectivos, tras las literas metálicas. Mi casa era distinta, más formal, más llena de reglas y pañitos de croché. Así pude pasar de la copla y los discos dedicados de radio Sevilla al soul, con una etapa intermedia en Madrid donde aprendí a bailar el rock and roll y me hice maestro del twist que bailaba en verano en los guateques de las azoteas.

Decía que su nombre artístico no me daba confianza pero no me pude resistir a su actuación en una gala de televisión de un sábado por la noche, la vi en una enorme TV  PYE (se escribe pye, se lee pai y no se ve ni pío) de pantalla muy pequeña, que mi padre maltrataba a golpes para que entrara en sintonía. Mari Trini no se movía, parada en medio de aquel gran escenario que Lazarov alteraba lujuriosamente con los cambios constantes del zoom de las cámaras, sin que ella se inmutara. Advertí que era una voz diferente en una mujer extraña, cada palabra era manoseada y modelada por sus manos una vez que ya habían salido de su boca. Quizá fuera tímida porque cantaba como los cantaores de flamenco, cerrando los ojos y ensimismándose, sin moverse de su sitio. Atrajo mi atención su forma de mover las manos, los dedos se crispaban sobre los sonidos como si estuviera a punto de disfrutar de un orgasmo. No me atreví a compartir con mis modernos amigos de entonces esta atracción musical, pero desde el primer día que la vi me hice maritrinitero (lo que me faltaba). Entre mis más personales tendencias no confesadas, me apasionaban Edith Piaf y Raimon: Al vent, les mans al vent, al vent del món…, se interfirió Mari Trini.

Pages: 1 2 3 4

Login

Contraseña perdida?