Morir antes de morir

La noticia, oída el sábado por la mañana en la radio del coche, era escueta e intrascendente: “Gabriel García Márquez no volverá a escribir, según unas declaraciones realizadas por su hermano. El alzheimer y los trastornos mentales de la senectud hacen inviable que el escritor siga escribiendo”. Enseguida surgió una canción que trataba de amenizar el viaje.

Dejé el libro que estaba leyendo en la guantera lateral del coche, Diario de invierno de Paul Auster. ¿Cuántas veces me he preguntado sobre esta situación de muerte anticipada en la que todos estamos implicados?, ¿cuántos recuerdos emotivos me suscita esta información de relleno?, ¿habrá tenido en cuenta su redactor las consecuencias de la misma?

Hace menos de un mes que he sufrido la muerte de un ser querido que semanas antes ya había muerto. Cada vez más la muerte de la incomunicación y la inacción se anticipa a la muerte real. ¿Cuántos años hace de la muerte de Adolfo Suarez, aunque permanezca en la lista oficial de los españoles vivos? Los recuerdos se acumulan en una mezcolanza difícil de controlar. Las breves memorias de Auster en el invierno de su vida –lo afirma él- han quedado estacionadas. Ignoro si el porcentaje de personas en las que coinciden las dos muertes es ya menor que el de aquellos que mueren antes de morir, en todo caso, es evidente, que está disminuyendo, que nuestros avances clínicos o nuestra incapacidad sanitaria nos conduce a tener un periodo de vida vegetativa antes de perder definitivamente nuestro aliento.

Hace casi veinte años que obligué a un médico amigo a calmar mi ansiedad con una frase terrible: -La persona que está ahí ya no es tu madre-. Ese fue el comienzo, que no el final, de esta experiencia infame. Muchos años después me vi en la situación de hablar con mi hermano sabiendo que no viviría más de dos semanas. Yo, que siempre he querido decir la verdad aunque eso molestara y que entonces me encontraba como un villano que di-simula ante uno de sus familiares más próximos. Sí, sé que el tema es diferente, pero también forma parte de nuestros “avances”, diagnosticamos pero no curamos. No quería llegar a confesiones tan personales, pero ocurre que cuando inicias una narración nunca sabes a donde irás a parar, como ocurría con mis pensamientos tras la triste noticia que dio Radio Rociana. Enseguida recordé la anécdota que me contó Jose Alba sobre los últimos años de Eduardo Chillida, cuando preguntaba a las azafatas en la inauguración de su museo quién había sido capaz de hacer aquellas maravillas, mostrando que había perdido la memoria pero no su capacidad crítica. Un aspecto positivo dentro de tanta tristeza.

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