Mundos complementarios pero no contiguos (I)

Me apoyo en varios recuerdos infantiles para tratar de exponer esta extraña sensación que me acompaña desde siempre.

 

Mi colegio estaba inscrito en las dependencias de un viejo palacio renacentista sevillano que había sido la casa de Miguel de Mañara (1627-1679), personaje que asume el papel de Casanova local pero que podría ser el antecedente real del Don Juan de Zorrilla. Aunque terminara su vida recluido en una aséptica burbuja religiosa, arrepentido fundador de la Institución de la Caridad y atemorizado inductor del tenebrismo de la pintura de Zurbaran, Miguel de Mañara había dejado ya en la memoria de la ciudad una leyenda de lances memorables, duelos y amoríos formaron parte de su primera juventud, como diría mi madre: una vida de crápula (que nunca supe lo que es). Los alumnos del colegio estábamos orgullosos de nuestro patrón laico y nos contábamos con placer las historias sobre su vida que conocíamos por nuestras abuelas. Sevilla ha sido siempre una ciudad más literaria que real y las leyendas llenaron, en la cabeza de los sevillanos,  la distancia entre la ciudad poderosa de Cervantes y Valdés Leal, puerto de América y cabeza de las Indias, y la miseria extrema tras la epidemia de peste de 1649 que mató a la mitad de su población. Se contaba que era posible recorrer toda Sevilla utilizando los túneles que partían del palacio de Miguel de Mañara y concluían en los lugares más significativos, que existía una segunda ciudad de pasadizos bajo el nivel de la calle que Mañara utilizaba para sus correrías. Rafael (el portero del colegio) tenía las llaves de la reja horizontal que cubría en el patio de carruajes del palacio, una habitación de ladrillos enterrada que a modo de aljibe se podía ver en penumbras desde la cota de acceso al colegio. Este espacio y las leyendas de Mañara llenaron muchos de nuestros recreos junto a los planes para hacernos con las llaves que custodiaba Rafael y su enorme nariz, capaz de olfatear cualquiera de nuestras actividades clandestinas. Una mañana corrió la voz de que un alumno de quinto había conseguido introducirse en aquel húmedo y oscuro laberinto de minotauro y su historia fue versionada, ampliada, mejorada, novelada, arreglada, narrada, alterada…, por todos los que la escucharon y luego la transmitieron. Así, llegó hasta mí, yo la transmito tal cual, con las únicas licencias de rellenar los vacíos que el tiempo transcurrido desde entonces y mi escasa memoria ha ido depositando sobre la narración. El paso del tiempo no sólo apolilla nuestra ropa.

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