Otra noche igual

“Llega un momento en la vida en que todos los días son Navidad”. El profesor invitado enunció la frase durante el almuerzo, hablaba de la intensidad de los días y la composición ajustada de su agenda de trabajo cuando recordó esto que había escuchado en su juventud no tan lejana a otro profesor más experimentado y que ahora él empezaba a comprender.

Era el único que cogía los trozos de queso de la bandeja de aperitivos con tenedor, mientras, iba relatando sus estimaciones: para él los días duraban ya una semana y presentía que pronto los mediría como meses, intuía la posibilidad de un lugar en el tiempo en que se hicieran años, donde todos los días fueran tan importantes e intensos como el anterior. Entre trozo y trozo de queso dirigía la conversación. Alguna vez era interrumpido por la esposa del director del curso que nos reunía, lo único que compartíamos los presentes. Ella le sustituía en el papel de anfitrión, él ausente por alguna razón desconocida, no recuerdo haber oído ninguna excusa. Los días de su marido, pensé, debían de andar por meses. Fue la única que se atrevió a decir que no entendía la sentencia del viejo profesor.

Son las dos de la mañana, las horas robadas al sueño compensan lo que he dejado atrás para no apretar más la jornada, acaso por no sentir el vértigo de que el día empieza a durar más que el día. ¿Será este el primer síntoma?, me digo, ¿negarse a reconocer la evidencia? Es 16 de mayo, “ya está aquí el verano”, hora de dormir y la ciudad no duerme. En la calle los coches hacen sonar las bocinas, su equipo ha vuelto a salir campeón, una victoria muy larga. Parece que fue ayer y hace sólo un año.

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