Personaje Uno

Andaba curvada, mirando al suelo, como si estuviera siempre pensando en un problema que le afectara profundamente. Era alta, muy alta y sus ropas nunca estuvieron nuevas, eran vestidos desvaídos como los trapos de la limpieza. La falda caía sin obstáculos más abajo de sus rodillas. El pelo, no recuerdo como era su pelo. Andaba a grandes zancadas, ayudándose por el brazo y la mano contraria, avanzaba las manos como si tuviera que romper el aire de su alrededor, sólo cuando su mano había colonizado un nuevo espacio se atrevía a adelantar el pie, y lo hacía desplazándolo muy pegado al suelo, casi arrastrándolo. El resultado de todo ello era un movimiento singular, las faldas entraban tras cada paso en un movimiento de vaivén, creo que esa forma de andar fue la que le valió el sobrenombre de la granpodé. Salía sólo por la mañana, el día que te levantabas un poco tarde ya no la veías. Jamás miró a nadie a la cara, pero nunca me pareció que esto fuera por humildad creo que era indiferencia, una indiferencia que los vecinos nunca le perdonaron. Ignoro lo que hacía cuando no transitaba por las calles del pueblo, ella en sus cortas y tempranas apariciones públicas diarias atendía a los animales sin dueño y al aseo de la calle mayor y la plaza del ayuntamiento. Por supuesto que había todo tipo de rumores sobre su vida, decían que era multimillonaria, que tenía el síndrome de Diógenes, que llegó a ser primera dama del país, que ejercía la prostitución, que era alemana y no hablaba nada de español, que su marido la había abandonado por una gitana bajita y gordita, que tenía un hijo maricón que imitaba a la piqué en un antro de la capital, que mantenía un zoológico doméstico en su casa del que formaban parte ratas, murciélagos y salamanquesas. Con un cuidado exquisito se doblaba por la cintura para retirar un mínimo papel del suelo, o una yerbita que había surgido entre el pavimento de la acera y el único banco del pueblo, dejaba un papel de periódico abierto y con pipas crudas junto al castaño donde vivía la colonia de cotorras, llenaba de agua limpia todos los cuencos urbanos: la deformación de la losa de granito horizontal que conmemoraba aloscaídospordiosyporespaña, el hueco del viejo roble centenario y la cavidad de la escultura abstracta de bronce que dejaron hace muchos años los republicanos, en nuestro pueblo nada se quita y todo deja huella.  Frente al solar sin construir se le veía desmenuzar el pescado recién frito y chasquear los dedos para que acudieran los gatos. Nadie la escuchó nunca quejarse, ni siquiera murmurar en voz baja, cumplía sus tareas con la diligencia de un portero electrónico. Un mal día desapareció del pueblo, en su casa pegada al camino de la ermita instalaron una tienda de neumáticos para coches.

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