Poetas transoceánicos

Me ha resultado deliciosa la lectura de tu texto Conexiones y Recuerdos. Sólo dos días antes que tú, también viajé hasta la misma estación de tren frente al puesto de perritos Nathan´s, allí compré una postal con la torre de atracciones pintada de rojo que decidí mandarte sin saber que se cruzaría en el camino con la concha de color azul de la costa de Huelva que cayó de tu bañador a la arena americana. También a mí me riñeron al pretender usar los vestuarios para cambiarme, pensé  algo parecido a ti al sacar la ropa de la mochila: con la precipitación con la que preparo siempre mi equipaje (algo que se hace más evidente ahora que observo cómo alguien prepara a mi lado el suyo) tomé la primera mochila que encontré, sin tiempo para limpiar los restos de arena en el bolsillo del día de playa en Ayamonte, al abrirla allí observé como varios granos de la otra orilla del atlántico caían sobre el borde del mismo océano en Brooklyn. El día que tú dejabas tus huellas sobre las mías en aquella arena con parte de ambos extremos, yo volaba de regreso al lugar de procedencia de tu concha polizón. Alguien me había avisado antes de coger el vuelo de regreso del accidente en Barajas, me acordé entonces de un artículo que una vez recorté en un viaje en tren, aquel día al doblar la hoja pensé  que me acordaría de ella la siguiente vez que cruzara el Atlántico. En cambio, a la ida, lo había olvidado por completo. Aquel artículo, disfrazado de columna semanal, era en realidad un hermoso cuento. Ayer, mientras escribías sobre conchas de Matalascañas caídas en Nueva York y caramelos de hotel entremezclados, como hilos entre las cosas, yo leía una noticia que volvía a recordarme el hermoso relato de Santiago Gamboa. Se trataba de una crónica de las últimas novedades en torno a la investigación del siniestro madrileño: aportaba nuevos datos sobre el cambio de avión que llegó a contemplar la compañía. Un empleado de pista, de nombre Enrique, había sido el último en hablar con el comandante. Enrique, a petición de éste, había preparado dos “jardineras” para el eventual traslado de los pasajeros de una nave a otra, finalmente no  se  llevó a cabo. Se despidieron personalmente, el piloto agradeció al auxiliar la prontitud en sus gestiones. Enrique quedó allí mirando partir el vuelo, lo observó iniciar la aceleración, apurar la vía, despegar  vacilante, ceder altura y abandonar la pista, luego lo perdió de vista. Corrió a la torre y contempló lo ocurrido, entonces se echó a llorar. La crónica dice que la guardia civil grabó la entrevista en la que Enrique contaba esta historia real de modo entrecortado, me recordó a la ficción de Gamboa. Se diría que alguien se dedica a intercambiar caramelos de un cesto a otro. Esta extraña manía mía de recortar páginas de la prensa escrita tal vez sea costumbre propia de un aprendiz de “conector”, lo tendré presente cuando Carolina vuelva a sonreír al verme repetir este gesto estéril.

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