Saramago

Existe una historia acerca de Lola Flores de cuando se presentó en Nueva York, creo que en el Madison Square Garden. Todos los hispanos fueron enfervorizados a admirarla y se cuenta que un crítico americano de variedades fue, atraído por la expectación suscitada por la española, y al día siguiente publicó una crónica en la que poco más o menos decía: “No sabe actuar, no sabe cantar, no sabe bailar, pero no se la pierdan”. Ésta misma sensación tengo con el escritor José Saramago, me aburre su prosa, nunca me conmovieron sus historias, considero elitista y formalista su decisión de hacer diálogos separados por comas, tiene un tono moralizante que siempre me hizo sentir culpable, no me gusta su mundo cerrado…, y sin embargo, no me perdería la lectura de ninguno de sus libros.

Mi relación con él como lector ha sido ejemplar, nadie me lo aconsejó pero un día cualquiera compré El año de la muerte de Ricardo Reiss. Los libros, como las películas, tienen mayor interés cuando añaden a su aportación literaria la satisfacción del descubrimiento personal. Pocos libros recuerdo que me hayan complacido tanto como éste, ahora que lo pienso creo que el motivo de su compra fue el escenario de la ciudad de Lisboa. Desde pequeño me acostumbre a escuchar “…Lisboa antigua y señorial…” en la voz de Gloria Lasso, mientras fingía hacer los deberes junto a un enorme aparato de radio Philips, entonces dirigía la mirada hacia el dial y como si se tratara de la representación de un mapamundi viajaba entre nombres de misteriosas ciudades: Paris, Londres, Roma, El Cairo, Moscú, Lisboa, un papirotazo de mi padre con el periódico enrollado me despertaba y me obligaba a memorizar los ríos de España.

La Lisboa del año de la muerte de Ricardo Reiss pertenecía a ese mundo soñado en base a los-discos-dedicados, una Lisboa de un esplendor pasado que nunca volverá, sobre todo una Lisboa otoñal y húmeda, nunca antes tuve la sensación de que lloviera en el interior de un libro. Gota a gota fui secando mi ansiedad en un texto paradójico y deslumbrante. A partir de ese momento me especialicé en aquel portugués que por su reciedumbre más bien parecía un rancio castellano antiguo. No recuerdo el orden pero después compré y leí: Ensayo sobre la ceguera, Memorial del convento, La balsa de piedra, Manual de pintura y caligrafía, El evangelio según Jesucristo, Las maletas del viajero, Todos los nombres, Cuadernos de Lanzarote, La caverna, Casi un objeto, Ensayo sobre la lucidez, Las intermitencias de la muerte, El hombre duplicado, El viaje del elefante… (Para ser exactos este último me lo regaló Jose Alba)

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