Saramago

 

He aprendido mucho de estos libros, sólo mis ejemplares de Italo Calvino, el amigo de mi amiga Giusa Marcialis, ocupan más volumen en mi estantería-dormitorio que los libros de Jose Saramago. Descubrí pronto que necesitaba alterar la realidad para analizarla, lanzar una hipótesis improbable para extraer consecuencias, a él le bastaba (aquí duele el pasado que tan solo esta mañana era presente) una mínima energía desprendida de una burda mentira para desarrollar una lluvia de secuencias consecuentes con el evento y con nuestra condición social. Como muchas veces advierto en clase, la creatividad se desprende a veces de la superposición y de los deslizamientos. Aún reconociendo la belleza y enseñanza de todos estos textos, seguía añorando la Lisboa antigua y señorial de Ricardo Reiss y Gloria Lasso, hasta que leí acabado de publicar: Todos los nombres; un libro arquitectónico y espacial que los arquitectos “citadores” aún no han descubierto. La magia de ese libro mitigó en mí las consecuencias de una operación, no me di cuenta de cómo tiraban los puntos o me quemaba la herida, yo estaba investigando nombres a altas horas de la noche en un inmenso archivo municipal. Llegué a creer que todo lo que había escrito, hasta entonces, sobre las medianeras arquitectónicas, encontraba su trasunto en este pequeño texto. La literatura como el dibujo también podía seccionar la realidad aparente.

Debo advertir, como me dijo un día mi prestigioso amigo Antonio Fernández Alba, que todo conocimiento y apreciación es coyuntural, con eso quiero poner el parche antes de que salga el grano de una lectura de Todos los nombres que pueda significar una desilusión, no obstante permítanme que lo dude. Sería más fácil y seguro subrayar Ensayo sobre la ceguera o Memorial del convento, pero esto es un Gabinete Literario y no una abreviada cuña publicitaria o reseña breve de solapa de libro.

¿Cuánto le hubiera gustado a Saramago escribir este texto en el que la hipótesis, ahora realidad, es la de su propia muerte?, y no me refiero a Las intermitencias de la muerte, sino al eterno deseo de todo hombre por vivir la semana de después de su muerte. Siento cómo me desvío de mis primeras intenciones de escribir un apresurado obituario, pero advierto energías extras que me descontrolan y se superponen a mis pensamientos. Es posible que una mirada inquisitiva bajo unas espesas cejas y unas grandes gafas de jubilado de pensión mínima tengan algo que ver con estas alteraciones.

Pages: 1 2 3

Login

Contraseña perdida?