Stella Maris

Parodia de una historia mariana[i]

Bernardo cuidaba los sabañones de sus manos con aceite de cocina. Cuando sangraban los envolvía en tiras de viejas togas, afinadas por innumerables lavados. El frío, en aquella época del año, cuando aún la primavera era sólo una esperanza, impregnaba la sombría biblioteca, la inercia térmica de sus gruesos muros de piedra y un largo invierno, pleno de nieves, hacía que salir al exterior significara un consuelo. Sabía que el encargo que había recibido del padre Abad era necesario y urgente, él, en cambio, hubiera preferido continuar con sus estudios de latín y con sus largas caminatas a la búsqueda de plantas medicinales, no tenía ninguna aspiración de trascendencia terrenal pero reconocía la necesidad de la copia, la humedad había afectado gravemente a la Vulgata[ii] que descansaba ahora en el centro de la habitación, sobre el enorme facistol, libre del contacto de las paredes, cuya humedad había estado a punto de arruinarla. Era urgente y necesario copiarla y él era, de los quince monjes de la Santa Orden del Cister del monasterio quien mejor dominaba el dibujo y la caligrafía. La Biblia era el texto sagrado por excelencia de la cristiandad y aquella copia única contaba ya con más de mil años de existencia, desde que Jerónimo de Estridón la escribiera en latín, extrayéndola de una de las numerosas copias existentes en griego. Muchas veces había comprobado la firma y la fecha de aquel texto: Eusebius Sophronius Hieronymus, 412, y nunca pudo evitar un estremecimiento profundo al comprobar la lejanía de aquella signatura. El texto más importante del mundo occidental, según le había escuchado decir en reiteradas ocasiones al padre Hernán. Es posible que hubiera ya varias copias de este libro en otros monasterios pero ellos no tenían constancia, de ahí la importancia de este encargo que le llevaría años y que no creía poder concluir solo ni aún dedicándole todas las horas del resto de su vida. Dejó la aceitera sobre el escritorio, y tras limpiarse cuidadosamente los dedos de aceite se dirigió al enorme y quejumbroso mueble que giraba sobre su eje central para presentar una de sus cuatro caras. No había luz suficiente y jaló del mismo hasta situarlo en las proximidades de la ventana, estaba seguro que el reuma acabaría por confinarlo en su celda. Echó una mirada rápida y lejana al monte Escalar que aún permanecía cubierto de nieve, las nubes de febrero quedaban enganchadas en sus vertientes arboladas, a media ladera. Pensó que esas nieves y esas nubes eran las que mantenían  las aguas perennes de la Fuente de las Vírgenes, el agua que regaba los huertos del monasterio y hacía posible la vida en él. La Vulgata era pesada incluso apoyada en el tablero inclinado de madera. Hacía muchos años ya que el viejo facistol no se utilizaba para los oficios, su delicado estado y sus continuos quejidos habían aconsejado ubicarlo en el interior de la Biblioteca Capitular. Mucho más viejo era el mamotreto jeronimense, atacado de un intenso reumatismo literario. Durante los últimos años el padre Abad había ordenado unas medidas de seguridad extraordinarias para su conservación, Bernardo era la primera persona a la que se le había permitido consultarlo, con un cuidado exquisito  lo abría y estudiaba el complicado dibujo de su caligrafía. Pronto desaparecería la luz y tenía previsto elaborar las tintas y preparar las plumas con las que daría comienzo a primera hora de la mañana a la ingente tarea del copista. Cerró el libro y partió con presura hacia el claustro mientras las campanas llamaban al rezo de la Nona (ora et labora), Bernardo estaba liberado de la asistencia obligatoria a los eventos comunitarios, razón por la que se tomó los bordes de su toga blanca con la mano izquierda, y mascullando un Ave María en latín se dispuso a ir a su celda, a recoger los frascos  que por la mañana le había dado el padre Benito en la herboristería. Uno de los frascos contenía tánato férrico, compuesto de nuez de agallas y  sales de hierro, otro contenía goma arábiga, que debía mezclar con el tánato férrico para obtener una emulsión estable, también cogió pequeños botes vacíos que servirían de tinteros y algunos frascos de colorante que le ayudarían a conseguir el tono exacto de la tinta sepia del original. Aunque el encargo se limitaba a “salvar” el texto, Bernardo quería conseguir una copia exacta del libro santo traducido por San Jerónimo, sabía que la empresa era difícil, que primero tendría que hacer muchas pruebas de tinta hasta conseguir que ésta, al secarse en el pergamino, fuera similar a la original. El papel y la tinta con el paso de los años habían cambiado de color y era difícil obtener su tono exacto. También tendría que escribir muchas páginas antes de alcanzar una caligrafía similar a la del monje Eusebius Sophronius Hieronymus, tantos años ya en presencia de Dios.  Mientras pensaba en el trabajo que le aguardaba, ya estaba sentado en el poyete de piedra que en cada intercolumnio separa el claustro del jardín central e iba mezclando pequeñas cantidades de cada bote. Una vez terminada la mezcla sacó del profundo e informe bolsillo de su hábito unas cuantas plumas de ave, eran plumas de aves de paso que los monjes encargados del huerto le guardaban cuando se las encontraban sobre el terreno próximo al monasterio, estas eran de alas de ganso y de halcón, las alas tenían las plumas más largas y adecuadas para la escritura, Bernardo hubiera preferido plumas de cisne pero de estas no tenía. Limpió la base de la caña (calamus) y con precisión de cirujano las cortó en pico de flauta. El sol que bañaba uno de los lados del claustro hacía tiempo que había desaparecido y el viento amontonaba la hojarasca en el rincón más resguardado, en muy poco tiempo se haría de noche y el frío se hacía cada vez más intenso. Bernardo se levantó dolorido por el lumbago, antes de ir a las Vísperas debía dejar las plumas y los tinteros en su celda, dispuestos para comenzar a primera hora de la mañana siguiente.

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