Stella Maris

Después de varias semanas de mal tiempo el día amaneció cálido y brillante. Bernardo había asistido con sus compañeros a Laudes y Prima, pero no tenía tiempo que perder y tras contribuir a algunos trabajos colectivos de limpieza se dirigió a su escritorio en la biblioteca. Dedicaría todo el día a hacer pruebas de color y caligrafía, también debía elegir entre dos tipos de papel de tina de distinta procedencia, ya tenía preparada una gran carpeta de tapas duras forradas de piel para guardar las pruebas. El estado del legajo original era tan lamentable que prefirió estudiar la caligrafía de Jerónimo de Estridón en otro texto menor, recordaba la existencia de otro libro del mismo autor que le permitiría ensayar e imitar su caligrafía sin arriesgar las páginas de la primera Biblia escrita en latín. Encontró al padre Hernán, que custodiaba los libros del monasterio, y le consultó sobre la existencia de ese libro que él recordaba haber ojeado en alguna ocasión. Sin mediar palabra, Hernán se dirigió a unos anaqueles que cubrían el fondo de la sala y tras unos minutos volvió con un libro menos voluminoso que aquel que ya descansaba sobre una de las caras del facistol. Efectivamente, en su portada se leía: De Virginitate Beatae Mariae, la Perpetua Virginidad de María, tradujo Bernardo mentalmente. Hizo girar el mueble y colocó el libro sobre una de las caras libres del facistol, ese era el libro que recordaba, aunque su estado era también lamentable prefería comenzar por copiar ese libro, de esta forma los errores que cometiera serían sobre una obra menos importante que la Vulgata, el libro de todos los libros. Miró la firma final y comprobó su autoría, ponía con la misma caligrafía que en el anterior: Eusebius Sophronius Hieronymus, 385. Muchos días estuvo Bernardo atendiendo su especialización, como un falsificador se ejercitaba en las vocales, mayúsculas y minúsculas, reiterando alfabetos completos de consonantes. De vez en cuando pasaban algunos monjes a consultarle algo, o simplemente a fisgonear su trabajo, ninguno comprendía la necesidad de aquel intenso entrenamiento. La carpeta se iba llenando de láminas bellísimas de letras sin sentido, la “ele” mayúscula de principio de párrafo era especialmente compleja con sus rizomas terminales. Acuciado por la acumulación de horas y de trabajo sin resultado funcional alguno Bernardo decidió comenzar a copiar el texto mariano, sería un ejercicio más que cubriría al tiempo que su capacitación caligráfica la obtención de una nueva copia del también arruinado libro sobre la Virgen María. Algunas páginas interiores eran difíciles de interpretar, la humedad había disuelto la tinta de algunas palabras y sólo su entrenamiento anterior le permitía descifrar el contenido literal. Los monjes, que continuaban fisgoneando, admiraban su destreza, .si no fuera por las manchas de humedad nadie podría decir cuál es el documento original-, le decían. Pasaron las semanas y los meses, pasó el verano y la cima del monte Escalar volvió a cubrirse de blanco. La copia de De Virginitate Beatae Mariae avanzaba y había pasado de ser un medio a ser un fin. El padre Hernán había retirado la Vulgata, debidamente envuelta y protegida, a los anaqueles del fondo. El padre Hieronymus hacía en su texto una defensa apasionada de la castidad de María, aquel escrito había comenzado como contestación al pensador Helvidio que se había permitido, pocos años antes, poner en duda uno de los más bellos episodios de la cristiandad: la virginidad de María. Con cierta ingenuidad, en opinión del padre Bernardo, Jerónimo trataba de reunir razones, hasta familiares, para desmentir los argumentos esgrimidos por Helvidio. El texto, poco a poco, se iba convirtiendo en una alabanza al papel de intermediación de la Virgen María. Cuando se cansaba de la monotonía y lentitud de su tarea, el padre copista recordaba que algunos monjes llegados de Italia y Alemania decían existir unas máquinas multiplicadoras de textos que garantizarían en el futuro la permanencia de toda escritura, él no imaginaba cómo podría ser eso. El ocho de diciembre, cuando ya el calor contenido en los muros de piedra durante el verano pasado se había extinguido y se igualaba la baja temperatura exterior con la interior, la copia había alcanzado las páginas centrales del breve texto y Bernardo se disponía a enfrentarse a una de las páginas más afectadas por el deterioro producido por los años y la humedad, una página cuyo texto sería difícil de descifrar…

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