Stella Maris

-Como hacen algunos autores con sus lectores, me gustaría hacer lo propio y advertir aquí al sufrido lector que haya alcanzado este empinado nivel de la pequeña historia que estamos contando, que hemos llegado al punto crucial de la narración, que sin lo que ocurre ahora este texto carecería de interés alguno y que, si fuera una película, la música hubiera subido ya de volumen y nos haría entender que hemos llegado al punto álgido de la acción.-

Las dos plumas que habían demostrado ser las más adecuadas para la escritura descansaban en el borde del escritorio con el vacío interior del calamus lleno de tinta, cuidadosamente colocadas en paralelo, dejando en el aire sus extremos cortados. Bernardo era muy cuidadoso y sabía que cualquier torpeza arruinaría el trabajo de muchas jornadas, de ahí que extremara sus precauciones, sus movimientos eran precisos y lentos, aunque eficaces. Una gran lupa, la única existente en el monasterio, descansaba a su izquierda, a la altura de su mano, en el interior de su estuche de cuero. La página en cuestión, trataba de dilucidar la etimología del término MARÍA, una sonrisa se esbozó en el rostro del monje tras una primera lectura, comprendió que el autor de ese texto se movía en un mundo marginal, entre los límites de la palabra poética y la palabra científica, abocado a ello por su interesada posición religiosa. Illuminatrix domina, mare amarum…, creía leer tras las manchas de humedad y las excrecencias pegadas en el papel. Las hojas centrales estaban pegadas y antes de abrirlas había tenido que separarlas, no siempre con buen resultado. La relación entre el término “maría” y el mar era evidente en los idiomas latinos. Al profundo abismo en que la noche convertía el mar se unía la luz como esperanza, como referencia del navegante. Amargo de mar, mirra del mar… Cada nueva palabra era una explosión de nuevos epítetos que el investigador Hieronymus utilizaba para enaltecer la figura de María. Era difícil, por la similitud de los términos, transcribir con exactitud el contenido de aquella página. Bernardo se detuvo en un término en el que había desaparecido una letra: st-lla maris.  Tenía la seguridad de que se trataba de una vocal, por lo que procedió con su metodología deductiva y escribió en un papel aparte: stalla maris, stella maris, stilla maris, stolla maris, stulla maris; las dos últimas carecían de sentido, las buscó en el diccionario sin encontrarlas. Stalla era un término ambiguo con varias traducciones posibles, aunque ninguna parecía estar relacionada con los conocimientos que poseía sobre la religión y la época del escrito. Quedaban sólo dos posibilidades: stella et stilla mare; “una estrella y una gota del mar”. Estrella del mar, gota del mar…, se repitió para sí varias veces, eran términos casi opuestos, el primero aludía al protagonismo de la Virgen María en la fe católica, mientras que el segundo la convertía en parte mínima de un todo, como el grano de arena del desierto, un término que la humaniza y la sitúa a nuestro lado, como parte de la Iglesia. Bernardo recordaba el uso de este término en alguna invocatoria mariana, no así el de Estrella del Mar, que le era completamente nuevo. Dudaba si sería más conveniente elegir la seguridad conservadora de un término conocido (stilla) que igualaría la figura de la Virgen María al resto de los componentes de la Iglesia y la presentaría más humana y cercana a todos, o imaginar al santo monje Jerónimo dotado de condiciones poéticas capaces de crear la bellísima imagen que le evocaba el epíteto Stella Maris. El mar como una copia del cielo, con pequeños destellos de luz que imitan las estrellas suspendidas en el espacio, y de entre ellas aquella que guía nuestro itinerario, la Stella Maris. El monje se aquietaba entre los temblores de la falsificación y el hallazgo de la creación. Tantas veces estiraba su mano derecha para tomar una de las plumas entre sus dedos, tantas veces que retiraba el brazo y volvía a fijar su mirada en el vacío caligráfico existente entre la “t” y la “l”. ¿Sería aquella disyuntiva, al mismo tiempo tan nimia y tan importante, la que afectaba siempre al creador? Él nunca innovó nada, desde la edad de diez años estuvo en el monasterio y su única habilidad había consistido en ser obediente y en poseer una cierta capacidad para la caligrafía y la copia de dibujos. Ahora tenía ante sí un acto creativo real que no podía eludir, tendría que decidir si transcribir stilla o stella, estaba casi seguro que en el hueco había una “i”, pero la “e” haría explotar semánticamente el texto del santo monje Jerónimo. Una gota de humedad, paradoja natural, era la que al borrar la vocal permitiría el alumbramiento de una nueva advocación mariana. A veces rechazaba estos pensamientos tan trascendentes, su copia no sería leída ni siquiera por sus compañeros de reclusión monacal, ellos se limitarían a hojear brevemente el legajo y a transmitirle su beneplácito con unas escuetas palmadas en la espalda, de cualquier forma, una y otra vez, se sumergía Bernardo en su duda, ¿cuánta inmensidad en una sola gota? Una mañana, stella matutina, el monje volvió al papel cuya copia había saltado y apartado del resto del libro y con su mejor caligrafía, escribió: STELLA MARIS.

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