Stockholm Sju

Los mecanismos por los que entramos en conocimiento del mundo son pocos, simples y reiterativos. El reconocimiento sucede al conocimiento y ambos, reconocimiento y conocimiento, preceden a la comparación, actividad implícita en el re-conocer, para alcanzar en una última etapa, más compleja y subjetiva, la clasificación que compete más al conocimiento científico y colectivo que al individual, diríamos que forma parte más del conocimiento tribal y social que del personal, ámbito al que sin duda pertenecen las dos primeras actividades. Todo el que haya disfrutado de la proximidad de un niño cuando aprende las primeras palabras se habrá percatado de esto que digo, sobre todo, del uso de la repetición como herramienta mental de aprendizaje que modela la memoria de cada individuo.

Siempre me gustaron los entretenimientos gráficos y de entre ellos aquel que nos invita a comparar dos dibujos aparentemente iguales para encontrar siete diferencias. La versión más arcaica, pulgarcitera y carpetovetónica de “buscar a Wally”, que desde 1987 Martin Handford convirtió en juego universal al conseguir obviar el idioma, como ha ocurrido con los sudokus.

Tiene su justificación y apoyo esta introducción en un reciente viaje a la ciudad de Estocolmo, dónde ya había estado en el verano de 1982. No encontré a Wally pero sí una ciudad que en su periodo estival goza del mayor número de horas de sol de las capitales europeas, dotada de un atardecer lento y bellísimo en el que el cielo mantiene un inquietante claror. Además, están sus islas, sus lagos y una larga sombra que nos acompaña a todos lados, unido a unas temperaturas muy confortables. Todo este bienestar natural queda compensado, para sus habitantes, por un largo invierno de cerca de diez meses, con temperaturas muy bajas y sólo seis horas de luz natural. Estocolmo es una ciudad privilegiada en julio y agosto, su territorio lagunar permite al paseante gozar de intervalos (descansos, intermedios) naturales cada vez que transita de una a otra isla. En este segundo viaje al Paraíso estival no he podido omitir la tentación de comparar los (mis) recuerdos de 1982 con la visión actualizada de la ciudad, aunque es cierto que las circunstancias de ambos viajes han sido muy distintas no he podido dejar de anotar, como en las comparaciones gráficas del tebeo de mi infancia, El Pulgarcito, siete diferencias que para mí tienen aspectos y sentimientos positivos y negativos, regresiones e innovaciones, a continuación las describo como si fueran los círculos que de niño hacía sobre los dibujos para marcar las diferencias encontradas.

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