Trigésimo aniversario

Todos estábamos algo alterados, habíamos esperado tanto tiempo esta oportunidad que cuando nos llegaba no le dábamos crédito. Mi estancia en el Colegio de Arquitectos de Sevilla acabó de instruirme sobre la situación política. Partidos recién estrenados y partidos reconstituidos trataban de afiliar al mayor número de seguidores. Nadie tenía experiencia en democracia, cuarenta años de secuestro eran muchos años. Las emisoras de radio hacía sólo un año y pico que se habían desprendido del Parte de Radio Nacional de España (único informativo posible) y comenzaban a construir su propia información. Muchos compañeros discutían si tenía más futuro apuntarse al SOE (que así se llamaba entonces) o al ilusionante PSA (Partido Socialista de Andalucía de Rojas Marcos y Uruñuela). La insistencia de los partidos en buscar afiliados era algo atosigante, a mi me recordaba la persecución a la que me sometió el Opus durante mi adolescencia, algo para mi inexplicable a no ser que fuera verdad lo que decía mi madre y que me vieran cara de “buena persona”. Gran parte de mi vida la he dedicado a evitar esta condición de “buena persona”, objetivo que creo haber conseguido con creces. Hablo de todo esto por la insistencia de los medios en celebrar este acontecimiento, las primeras elecciones democráticas tras la guerra civil, que para mí suponen el ecuador de mi vida: si plegáramos el tiempo que ha transcurrido desde mi nacimiento, en el pliegue estaría el miércoles 15 de junio de 1977. No ocurre igual con los recuerdos o las percepciones que tengo del tiempo transcurrido, percibo los años anteriores a ese día de votaciones como un mar de acontecimientos, actividades y conocimientos, los posteriores transcurren como por un estrecho río. Si bien es cierto que los años y los días fueron los mismos, no lo es que el espacio que controlan las vivencias lo sean. Vivimos desproporcionadamente nuestras vidas como si transcurrieran entre dos líneas convergentes.  Del ancho paisaje del mar donde se anclan los primeros recuerdos de la infancia, pasamos a remontar un río caudaloso que termina en un mínimo arroyo en el que los años, como sus aguas, adquieren una gran velocidad.

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