Últimas fronteras

Pese a las justas campañas de denuncia o la cruel inutilidad del empeño, todavía no se han retirado las cuchillas que algún gobernante decidió colocar en la alambrada de Melilla. Si una valla no fuera ya un hecho tan discutible como denigrante –la misma noción de línea en un mapa ya lo es– el añadido de las concertinas la convierte en hiriente, en lo metafórico como en lo real, como si acaso su inherente carácter inexpugnable no fuera ya suficiente sin el despiadado suplemento. En un mundo digital este explícito vínculo atávico e inquisidor retrotrae a tiempos salvajes, impropios de nuestro supuesto desarrollo. Hoy es absurdo, o debiera serlo, edificar según qué tipologías. Igual que en la actualidad no se levantan murallas físicas o resulta irracional hacerlo –tampoco en ello progresamos, se siguen erigiendo otros muros de la vergüenza– cuando estas ya son en su virtualidad o invisibilidad tan insuperables como los sistemas murarios de antaño, el progreso –también la razón práctica, o el mero empeño estético– tendría que garantizar cuanto menos la falta de redundancia que en el ejemplo melillense se torna sangrante. Por deformación profesional o docente sería pertinente criticar el proyecto de estas cuchillas como un pésimo ejercicio, por su alarmante redundancia, por su soez vulgaridad, por su primaria iconicidad, por su ilógica materialidad, por su primitiva estrategia.

Entre los años sesenta y setenta, en el epicentro de supervivencia y renacimiento que entonces era el SoHo neoyorquino, los artistas vagaban en busca de lugares baratos en que vivir y trabajar, a veces, literalmente, saltando tapias y alambradas. George Maciunas, lírico adalid de Fluxus, inventó los edificios cooperativa levantados y administrados por artistas. Durante diez años construyó una treintena sin pedir ningún permiso. Lo refería Mireia Sentís en Al límite del juego (Árdora, 1994), el libro que redactó en su condición de creadora y vecina de aquellas calles. Su idea del arte canalizada en un barrio construido por y para artistas, era lúdica, cotidiana, colectiva, alejada de cualquier deriva pretenciosa. La iniciativa habría de traer a su promotor problemas económicos y legales, llegó a ser un prófugo por la clandestinidad de las reformas que iba promoviendo, sus empleados carecían de papeles o seguros, jamás tramitó documentación alguna. El Departamento de Vivienda acabó decretando su busca y captura, él se sumió en una vida fugitiva: para tener varias posibilidades de evasión en su guarida en algún loft cavó un túnel secreto en el suelo y talló un agujero en el techo. Había ideado además una puerta en doble tabique con la advertencia: “Esta puerta está rellena de afiladas hojas de afeitar”. En su clarividencia artística, frente a la impúdica exhibición de fuerza en nuestra frontera, Maciunas decidió ocultar las cuchillas, es probable que todo fuera una pura ficción que enfatizara nuestra actual analogía: bastaba con la advertencia, no importaba que fuera verdad o que esta fuera visible, desde luego nunca cortante. En la época en que Maciunas seguía huyendo hacia delante, otro artista, Dennis Oppenheim, se dedicó a trasladar al territorio, con surcos cual bajorrelieves, la precisa correspondencia física de las fronteras de los mapas. Sus dibujos evidenciaban la sinrazón inherente en todos ellos, la misma que en otra escala y repercusión, lleva a los hombres a levantar entre países marcas extrusionadas, proyectando muros, sin apenas puertas, donde sólo tendría que haber umbrales, o salas de estar.

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