Un mirlo negro en Granada

Una primavera verde se cuela por mi ventana y me capta y me conduce, cruzando el Darro, hasta la Torre de la Vela, tengo que presionar las palmas de las manos sobre las jambas de cal de la ventana para evitar la caída, mi atracción por el abismo es permanente. Frente a mí, dos árboles: un plátano y un álamo plateado que disputan entre sí las alturas seccionadas de la mañana, sus ramas últimas se comparan y miden a treinta metros del suelo del Carmen, en el contraluz purificado por el nacimiento de la luz de este nuevo día y la lluvia pasada. Por la guía de sus troncos grises dejo resbalar la mirada hasta el jardín empapado por la lluvia nocturna. Una figura femenina emerge del agua estancada de una fuente, apenas entrevista entre las ramas y las hojas me recuerda aquella figura danzante del estanque del pabellón de Barcelona: esculturas ambas, más mujer ésta y más enigmática aquella. A las dos se les ha confiado la misión de recibir al sol de la mañana.

Mi desayuno de profesor-invitado-de-la-universidad-de-Granada se compone de sucedáneo de zumo de naranja, croissant magullado, mantequilla de margarina, leche desnatada y la imagen sin edulcorantes ni colorantes de la Alhambra. Dejo la comida sin terminar y voy hacia la terraza del Carmen, atraído por un encantamiento que todos conocen y han sentido alguna vez. Apoyado en la barandilla de la veranda dejo marchar la vista lejos de mí, a mi derecha un cuerpo blanco de edificación cubierto por tejas iluminadas por un sol que se deposita sobre ellas, por un sol que reposa cansado tras haber atravesado el Albaicín, la muralla china escalonada y la sobriedad del “Consejo Superior de Investigaciones Científicas”, el despacho de Almagro y la fotogrametría. Más allá pienso el Sacromonte lleno de los tugurios que excitan y atraen a Carlos Ferrater. Nombres todos de fábula que tomaron esencia en historias fantásticas del romanticismo, palabras mágicas que no necesitan explicación alguna. Como las notas reiterativas de una canción que surge inesperada del fondo de armario de nuestros recuerdos los nombres encuentran eco en mi cerebro: Alabaicín, Jodhpur, Alhambra, Sacromonte, Jaipur…, el oriente me da escalofríos.

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