Un pájaro negro

Tenía las alas abiertas y estaba vencido sobre un costado. Tenía ese aspecto casi inmaterial que confieren a las aves las plumas con sus delgados filamentos, nano materias que nos hacen creer que al tocarlas se quedarán impregnadas en las yemas de nuestros dedos, como sucede con el polen de algunas flores, y que te llevarás gran parte de su esencia pegada en las manos. Un cuerpo tan impreciso y delicado, como monstruoso. Un cuerpo que te obliga a pensar que si lo tocas podrías hacerlo desaparecer. Hay objetos que no están hechos para ser tocados, sólo para ser mirados, admirados, obleas sagradas de la naturaleza. Las casi infinitas líneas negras de cada pluma confunden la distancia a la que se encuentra el pequeño cuerpo yacente. Un cuerpo volátil y libre que sólo ahora, cuando la vida lo ha abandonado, puede con recelos ser tocado, aunque aún mantiene un aura de respeto y repugnancia similar a la que producen, en las películas de detectives, los perfiles de tiza que dibujan los agentes de la policía alrededor de los asesinados. El cuerpo continúa sin tener peso, como cuando volaba. Podría ser una golondrina, por su tamaño y elegancia antigua, o un vencejo, por su aparente fortaleza, quizás, también, un mirlo pequeño. No puedo ser más preciso, sólo guardo de él una imagen parcial que oculta  su cabeza y su pico. Tras verlo, de forma inmediata, dirigí la mirada a los balcones que absurdamente se reiteran en la fachada oeste del aula 3.1. Estaban cerrados y con las chapas metálicas de los tapa luces, mohosas y chirriantes, también cerradas. El aula 3.1 es tan poco adecuada para la docencia como cualquier otra aula de esta Escuela, acepto y asumo esta limitación laboral aunque a veces me indigne cuando cierro la estúpida puerta corredera barnizada, con tiradores dorados, que da acceso a la misma, ¿quién las aceptaría? , o peor aún, ¿quién las proyectaría?

Un alumno nos advirtió de su presencia, en el suelo, entre las enormes mesas y las sillas de plástico, eran las ocho de la mañana y aún no habían llegado la mayoría de los estudiantes. Guardo de él sólo una imagen breve, casi una instantánea. El pájaro negro yacía bocabajo, inscrito en una de las losas cuadradas del suelo, como una pieza de ajedrez, ¿por qué los pájaros no forman parte del ajedrez? No corría mucha prisa pero tenía que pensar la forma de hacerlo desaparecer. Durante el descanso semanal provocado por la feria el aula había estado cerrada, estaba limpia y cerrada. Imaginé a las limpiadoras ordenando el aula antes de condenarla por un  periodo de nueve días, de viernes a lunes. Las aulas se cierran con un sistema de tarjetas similar al de las habitaciones de un hotel, tarjetas que de forma discriminada tenemos los profesores, sólo de las aulas en las que damos clase, y genérica o indiscriminada, tarjetas maestras, las/los  limpiadoras/es y los/las bedeles/las, como dicen los políticos del PSOE. Imaginé a un pequeño pájaro asustado que se debatía tratando de encontrar solución a su encierro y a su vida, mientras los/las aparcacoches improvisados, gitanos y negros, trataban de obtener el monopolio del aparcamiento ferial en las calles próximas a la Escuela.

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