Una flor para Rostropóvich

Estambul, lunes 18 de julio de 1988

Esto que cuento ocurrió hace pocos días, en otra ciudad y en otra nación pero aún no he obtenido el tiempo necesario para escribirlo.

Estábamos en la última semana del Curso Internacional de Proyectos que impartimos en la IUAV de Venecia, todos (me refiero a profesores y estudiantes) habíamos decidido concentrarnos para dar término al curso que había propiciado una subvención europea “Erasmus”. El viernes, día quince, habíamos decidido que fuera la última giornata en vísperas de la fiesta veneciana de Il Redentore. Dormíamos poco y comíamos mucho, ya que esto último parecía ser el único exceso permitido en la casta noche véneta; de esa forma, el último día se presentó convexo y cuesta arriba, por el cansancio acumulado. El jueves, el rector del Istituto Universitario di Venezia nos había obsequiado con una recepción (de bienvenida y despedida en coherencia con el seco pragmatismo veneciano) y un obsequio consistente en un medallón del Instituto de cristal de Murano, aquel acontecimiento mitigó nuestra decepción ante la fría hospitalidad recibida durante los dos meses que duró el curso.

El viernes fue transcurriendo pesadamente, casi sesteante, entre explicaciones de los estudiantes italianos, más insoportables cuanto más razonadas y adornadas de citas académicas, bostezos, abaniqueos de Nievita (a la que nunca se lo agradecí suficientemente), preguntas insolentes de los profesores (nosotros) y rápidos e inevitables cuchicheos que daban vida a los blandos y acaramelados discursos académicos. Al fin llegó el final con aplausos y reparto de diplomas. Todo el mundo reconocía que, aunque pudo ser mejor, la experiencia había sido interesante (término que me asquea tanto como el nice inglés) y que en los últimos días se había conseguido subir mucho el nivel, opinión que compartía la niña Mabel. Sin más se llegó a la copa y a las despedidas e intercambios de direcciones y teléfonos. Los profesores canarios y sevillanos, Juanma, Sergio, Enrique, Nieves, Antonio y yo, salimos literalmente corriendo hacia el hotel San Cassiano para ducharnos y cambiarnos a tiempo para asistir al concierto de violoncelo que Rostropóvich daba en el teatro de La Fenice, en el ciclo I solisti veneti.

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